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Surrealismo: las listas no son listas, las representan

Magritte, al rescate. La presidenta y su consejera jurídica pudieron recurrir a un genio del surrealismo, me comenta un amigo y brillante y culto abogado, para convencer a la esfera pública en su intento de negar la existencia de las ya célebres listas negras. Presidenta y consejera las exhibieron, circularon y defendieron. Allí brillaban en Palacio los nombres y la cuenta de X de periodistas y políticos en las primeras ‘capas’ de una supuestamente vasta y bien financiada conspiración digital contra el régimen. La invocación de mi amigo al surrealismo se refería a la obra de hace casi 100 años del belga René Magritte y su serie de cuadros titulada La traición de las imágenes. El más famoso es el de la pipa, con una nota al pie: ‘Esto no es una pipa’. Ante el desconcierto de sus contemporáneos, Magritte les explicó: sólo es una representación de una pipa.

Identificación del enemigo. Así, las listas negras sólo serían una representación premonitoria de la idea que tiene el régimen de las libertades de expresión, de los derechos de los periodistas y del papel de la prensa como vigilante del poder. Todo, enmascarado en un supuesto ejercicio neutral, sólo que al servicio de la identificación de enemigos del poder. Y, todo, además, rudimentariamente barnizado con dos o tres giros elementales de lenguaje digital.

Teoría conspirativa. La reacción del periodismo y la sociedad fue prácticamente unánime contra esta autodegradante teoría conspirativa del régimen. Así quiso explicarse su pérdida del control de la narrativa y disuadir a los periodistas -viéndose observados por el ojo represivo como insumo de una conspiración- de continuar cumpliendo su misión. Los reclama una sociedad que persevera en el empeño de no ceder la última frontera de la democracia: los pocos espacios independientes que sobreviven en los medios.

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