Lo del retiro de la visa de Estados Unidos a Andrés López (Andy) es un chiste, hasta que deja de serlo y se convierte en desastre anunciado. Lo podríamos llamar entonces una tragicomedia. Sea porque se trate de una injerencia del gobierno de Trump en la política interna de México, sea porque ese gobierno tenga información que involucre al hijo del expresidente con grupos del narcotráfico o del crimen organizado, lo que para ellos ya se clasifica como terrorismo, el asunto da para reír y para llorar.
Desde la perspectiva del gobierno mexicano, quitarle la visa al personaje mencionado es “injerencismo”, porque apuntaría a debilitar a la 4T y apoyar a los grupos de la extrema derecha mexicana. Es golpear su imagen, para avanzar sus propios intereses. Esa perspectiva, sin embargo, aunque tuviera bases reales, carece de una indispensable contextualización. Como si el gobierno de Trump no tuviera razones legítimas para estar molesto con el gobierno mexicano, por lo que ellos ven una incapacidad o, peor aún, falta de voluntad para actuar sobre los políticos involucrados con el crimen organizado y el narcotráfico. El problema, por supuesto, no es el del retiro de una visa, sino lo que, de hecho, más de un alto funcionario estadounidense ha estado anunciando: que vienen por los narcopolíticos. Es otra manera de decir: “O nos los entregas, o vamos por ellos”. Lo cual no es contradictorio con elogiar al gobierno mexicano por estar combatiendo duramente a los cárteles de la droga, pues piensan, con razón, que eso no se va a acabar mientras el gobierno esté lleno de políticos que han hecho pactos con el narco.
El gobierno de Trump tiene su idea de lo que es la seguridad nacional, es decir está convencido de que la nuestra es una frontera porosa por donde pasan drogas y criminales y que eso debilita y pone en peligro a su nación. En suma, tiene su propia idea de la soberanía. Así que, podemos estar o no de acuerdo con ella, pero la quiere llevar a la práctica. Ya pidió que México extradite a algunos políticos, pero el gobierno de Sheinbaum se resiste, exigiendo pruebas. No sabemos si las tienen, pero podemos inferir que hay muchos informantes que han decidido decir lo que saben a cambio de sentencias más leves o menos draconianas. Y esos informantes han aumentado en número e importancia en los años recientes. Podemos estar de acuerdo en el valor de esos testimonios. La 4T los elogió y avaló en el caso de García Luna, aunque ahora no los considere válidos, pero allí están y, confiables o no, son el alimento con el que el gobierno de Trump refuerza sus teorías sobre México y los gobiernos de la 4T.
El gobierno de Sheinbaum está sumido entonces en su peor crisis porque, o entrega a los políticos que el gobierno de Trump le está pidiendo, o se queda con la marca de lo que aparece como encubrimiento, con las consecuencias para su imagen interna y para la relación con nuestro poderoso vecino, o lo hace, pero eso significa que tiene que romper con su tutor, el que la colocó en la Presidencia y con todos los que todavía se consideran los seguidores de aquel. Tengo la impresión de que preferirá lo primero, es decir la furia de Estados Unidos que romper con López Obrador, no por fidelidad, sino porque realmente cree que lo suyo, lo de todos ellos, es un movimiento que hay que preservar, aunque eso signifique defender la podredumbre y la corrupción interna.
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