El alcalde de Cali, Colombia, se ha convertido en una de las caras de la respuesta a la tragedia, pero también en una de las autoridades que más claramente ha recibido el enojo de los damnificados
El alcalde de Cali, Colombia, se ha convertido en una de las caras de la respuesta a la tragedia, pero también en una de las autoridades que más claramente ha recibido el enojo de los damnificados

Cuando el terremoto de magnitud 7.4 sacudió Colombia la mañana del 10 de agosto, Alejandro Eder estaba en una entrevista en Cali. El movimiento comenzó mientras el alcalde hablaba con una estación de radio y obligó a evacuar el edificio. En cuestión de minutos, la ciudad que gobierna quedó convertida en uno de los principales escenarios de la emergencia: edificios colapsados, personas atrapadas, hospitales afectados y miles de familias con daños en sus viviendas.
Tres días después de aquel terremoto, Eder se ha convertido en una de las caras de la respuesta a la tragedia. También en una de las autoridades que más claramente ha recibido el enojo de una parte de los damnificados. En dos recorridos por zonas afectadas fue recibido con gritos de rechazo y, en uno de ellos, una piedra lo golpeó en la cabeza mientras su esquema de seguridad intentaba retirarlo del lugar. Al día siguiente volvió a ser abucheado durante otro recorrido.
La escena resulta particularmente significativa por la historia del hombre que estaba siendo expulsado de uno de los lugares más golpeados de la ciudad. Eder lleva buena parte de su vida intentando hacer precisamente lo contrario: acercarse a los problemas de Cali y de Colombia desde la política, la resolución de conflictos y la construcción de paz.
Nació el 1 de diciembre de 1975 en Washington, aunque su familia es caleña y regresó a la ciudad cuando él tenía apenas dos meses. Su padre, Henry Eder, fue alcalde de Cali entre 1986 y 1988; su familia pertenece a una de las familias empresariales tradicionales de la región y está vinculada históricamente con Manuelita.
Pero la relación de Eder con la violencia colombiana no comenzó en un despacho público. La conoció en su propia familia.
Cuando tenía siete años, el M-19 intentó secuestrar a su madre. Quince días después, una tía suya fue secuestrada. La familia decidió entonces abandonar Colombia y trasladarse a Estados Unidos. Eder ha contado que aquel episodio marcó su infancia: llegó a Washington sin hablar inglés y permaneció allí hasta la adolescencia.
Su familia también había sufrido directamente la violencia de las FARC. Su abuelo paterno, Harold Eder, empresario y fundador de Ingenio Manuelita, fue secuestrado por esa guerrilla en 1965 y murió durante el cautiverio.
Para Eder, sin embargo, esa historia familiar no terminó convirtiéndose en una militancia de venganza. Él mismo ha explicado que una conversación con su madre, después de aquellos episodios, lo llevó a pensar que quienes tenían posibilidades de hacer algo por Colombia tenían también una responsabilidad con el país.
Su formación terminó orientándolo hacia esa idea. Estudió Relaciones Internacionales y Filosofía en Hamilton College, en Nueva York, y posteriormente hizo una maestría en Relaciones Internacionales y estudios especializados en seguridad internacional y resolución de conflictos en la Universidad de Columbia. Antes de entrar de lleno en el sector público trabajó en banca de inversión en Nueva York y en nuevos negocios para Manuelita. También pasó por una organización dedicada a asuntos religiosos y construcción de paz con trabajo en Nueva York y Sarajevo.
Su carrera pública comenzó vinculada precisamente con el problema que había marcado su vida privada: la guerra.
Entre 2007 y 2014 trabajó en la Agencia Colombiana para la Reintegración y como asesor de política y estrategia del proceso de reintegración de excombatientes. En 2010, durante el gobierno de Juan Manuel Santos, fue nombrado Alto Consejero Presidencial para la Reintegración. Al año siguiente, cuando esa oficina se convirtió en la Agencia Colombiana para la Reintegración, Eder pasó a dirigirla.
Desde esa posición trabajó en una política que buscaba que la reintegración no se limitara a los antiguos combatientes, sino que involucrara también a las comunidades que los recibían. La estrategia incluía educación, formación profesional, atención a la estabilidad emocional y participación del sector privado.
Su trabajo lo llevó además al proceso de paz con las FARC. De acuerdo con la Alcaldía de Cali y con el perfil elaborado por CAF, entre 2009 y 2014 participó primero en el equipo que negoció de manera reservada el Acuerdo Marco que permitió abrir el proceso de La Habana y después como negociador alterno en la fase pública de las conversaciones.
Después de varios años en el gobierno nacional, Eder regresó al ámbito regional. Entre 2015 y 2018 dirigió ProPacífico, una organización privada y sin ánimo de lucro dedicada al desarrollo social, económico y ambiental de la región. Más adelante dirigió el proyecto Infancia Reclutada, una investigación sobre el reclutamiento ilícito de menores que, según la Alcaldía de Cali, contribuyó a trabajos de la Comisión de la Verdad y de la Jurisdicción Especial para la Paz.
La política llegó después. En 2019 buscó por primera vez la Alcaldía de Cali. Su candidatura independiente consiguió más de 130 mil votos, pero quedó en tercer lugar. Cuatro años después volvió a intentarlo. En las elecciones de 2023 consiguió más de 315 mil votos y ganó la Alcaldía para el periodo 2024-2027.
Su llegada al Palacio de San Francisco ocurrió en una ciudad marcada por la violencia, las fracturas sociales y las consecuencias del estallido social de 2021. Eder se presentó como un político independiente y, aunque ha reconocido que Cali tiene una fuerte tradición de izquierda y un importante componente petrista, ha dicho abiertamente que él no es de izquierda ni petrista. Su discurso ha buscado colocar la administración por encima de la disputa ideológica.
Durante sus primeros años de gobierno, la seguridad se convirtió en uno de los ejes centrales de su gestión. Según cifras de la Policía Nacional citadas por la Alcaldía, 2024 terminó con 946 homicidios en Cali, frente a mil 13 en 2023, una reducción de 7 por ciento que la administración calificó como el año menos violento de las últimas tres décadas.
Pero la historia de Eder como alcalde no puede reducirse a esas cifras ni a los resultados que su propia administración reivindica. Su relación con la ciudad ha estado marcada también por una búsqueda permanente de legitimidad en los barrios y por una promesa de recuperar una ciudad que él considera golpeada por años de violencia, deterioro y abandono.
El terremoto del 10 de agosto llevó esa relación a una prueba completamente distinta.
Eder reaccionó desde las primeras horas de la emergencia. La Alcaldía declaró la calamidad pública y estableció un toque de queda nocturno para facilitar las labores de rescate y responder a las denuncias de posibles saqueos. También se suspendieron restricciones de movilidad para facilitar el desplazamiento de los equipos de emergencia.
En los días siguientes, el alcalde apareció constantemente en las zonas afectadas. Reportó estructuras colapsadas, habló de personas que podrían continuar con vida bajo los escombros y pidió apoyo al Gobierno nacional y a otras ciudades. Mientras los equipos buscaban sobrevivientes, Eder insistió en que el tiempo era determinante. El miércoles dijo que las siguientes horas serían críticas para encontrar personas con vida.
Pero mientras Eder intentaba convertirse en el rostro visible de la respuesta municipal, también comenzó a enfrentar la otra cara del desastre: el enojo de quienes sentían que la respuesta no estaba llegando con suficiente rapidez.
El episodio más fuerte ocurrió el lunes. Durante un recorrido por una de las zonas afectadas, algunos habitantes comenzaron a gritarle que se fuera. El esquema de seguridad tuvo que sacarlo del lugar. El martes ocurrió un segundo episodio de rechazo durante otro recorrido.
No hay base para presentar esos incidentes como si representaran a toda Cali. La propia cobertura de la emergencia muestra también a ciudadanos organizándose para ayudar, entregando alimentos y participando en las labores de rescate. Pero sí revelan una fractura que resulta periodísticamente más interesante: la distancia entre la autoridad que administra una emergencia y los ciudadanos que viven sus consecuencias directamente.
Eder llegó al terremoto con una biografía construida alrededor de la idea de que los conflictos pueden enfrentarse mediante la reconciliación, la negociación y la presencia del Estado. Su trayectoria lo llevó desde el exilio provocado por la violencia hasta las negociaciones con las FARC y, finalmente, a la Alcaldía de la ciudad en la que creció.
Ahora tiene que gobernar una ciudad que busca sobrevivientes entre los escombros.
La paradoja es difícil de ignorar. El hombre cuya vida pública nació del intento de superar una de las guerras más largas de América Latina enfrenta ahora una emergencia en la que la legitimidad no se negocia en una mesa: se mide en las calles, frente a familias que buscan a sus desaparecidos, en la velocidad con que llega una máquina a retirar escombros y en la confianza, o desconfianza que los ciudadanos tienen en quien encabeza la respuesta.
Por eso el terremoto puede terminar siendo uno de los momentos decisivos de la carrera de Alejandro Eder. No sólo porque lo ha colocado nuevamente frente a una crisis, sino porque ha puesto a prueba la idea con la que construyó buena parte de su trayectoria: que el Estado puede recuperar la confianza de una sociedad cuando está dispuesto a entrar en los territorios donde esa confianza se ha perdido.
En Cali, ahora, esa teoría se está poniendo a prueba entre edificios derrumbados, equipos de rescate y ciudadanos que, en algunos casos, no quisieron siquiera dejarlo acercarse.
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