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NOVELA: La casa que siempre habitaste

Luis Mendoza Vega

Mi cuento favorito de Héctor Justino Hernández es “Celeste”. Si no mal recuerdo, apareció en una revista ―ya extinta― poco antes de formar parte de su primera plaquette, Dimorfismo (2019). El texto retrata el encuentro de dos generaciones: por un lado, una travesti experimentada y, por el otro, Víctor, su admirador. Acosada por la enfermedad, la artista coloca una de sus pelucas en el joven mientras ambos se contemplan en el espejo del camerino: “Sí, él ganará lo suyo y quizá yo… Quizá yo al fin…”. Así concluye el breve relato con la voz de Celeste aceptando, de alguna manera, el pase de batuta.

Pienso en este cuento como la representación más clara de la obra de Héctor, seguidora de una tradición de textos rebeldes en forma y fondo, como El vampiro de la colonia Roma, Las púberes canéforas, Fruta verde, Todos mis padres, por mencionar algunos. No por nada el autor se ha especializado en el estudio de la literatura homoerótica masculina en México. Antes, sin embargo, ha escrito una serie de antologías de cuentos ―como La isla que nos llama (2021), Drenaje a cielo abierto (2023) o Acaso un descubrimiento a mitad de la noche (2025)― que finalmente ha desembocado en la aparición de su primera novela, Tu cuerpo es la casa que habitamos (2026).

Con una referencia a Call me by your name, uno de los últimos clásicos del cine queer, donde un durazno y unos ojos son asediados por insectos, la portada es linda, mas no logra hacerle justicia a la historia. De hecho, en lugar de ese fruto ―que no aparece en la obra y más bien es usado descaradamente para la publicidad de Penguin Random House―, unos molletes gratinados resultarían más sugerentes (ya el futuro lector sabrá por qué).

Dividida en tres capítulos ―algunos de ellos fragmentados―, la trama aborda a un joven habitante de la capital veracruzana cuyo nombre nunca se llega a conocer, pero que se halla inmerso en un ejercicio de memoria, durante el cual se manifiestan todas aquellas pruebas que moldean y atraviesan cualquier vida a temprana edad: el enamoramiento, el duelo, los primeros encuentros sexuales. Se trata de una historia de formación, pero también de desplazamiento cultural a principios del siglo XXI, con referencias a la popularización del Internet y a la cultura pop anglosajona.

Pienso en obras como Dante y Aristóteles descubren los secretos del universo, del recién desaparecido Benjamin Alire Saénz, o Heartstopper, de Alice Oseman, donde los adolescentes viven experiencias determinadas no sólo por su orientación sexual, sino también por sus circunstancias históricas, económicas y políticas. Por ello, la aparición de una novela de este tipo en México resulta también un signo claro de público, es decir, de mercado.

Más allá de esto, la escritura de Héctor gana terreno en sus descripciones atmosféricas y sensoriales, pues el cuerpo ―desde el título mismo que lo subraya como metáfora de refugio― es el mayor de los protagonistas. El deseo, la vergüenza y el miedo son tan habitantes como los recuerdos de los padres, de la tía, de la mejor amiga y de Daniel, el interés amoroso (que literal y figurativamente lo puebla).

Entre sus hallazgos, recuerdo dos imágenes relacionadas con pájaros: una, donde un tordo cae pero logra remontar el vuelo, justo cuando el protagonista comienza a experimentar con su sexualidad, antes de las diferentes crisis familiares; y otra, hacia el final del libro, donde se menciona un ave con ciertas carencias: “Un pichón se posa en la jardinera que tengo de fuente, no camina bien porque le faltan los dedos de una pata. En lo que debió ser una herida, hay un muñón encallado sobre el que se apoya”. Lo dijo también Pedro Lemebel: “Hay tantos niños que van a nacer / Con una alita rota / Y yo quiero que vuelen compañero”.

Quizá ahí se encuentre una de las claves de Tu cuerpo es la casa que habitamos: en entender que toda identidad se sostiene sobre miembros fantasmas. Como Celeste quien entrega una peluca y con ella parece dar a Víctor una posibilidad de futuro, el protagonista recibe de su propia memoria aquello con lo que tendrá que inventarse. Justino Hernández escribe, entonces, sobre el cuerpo no como un hogar intacto, sino como un espacio marcado por quienes se hospedan y se van, inevitablemente, siempre.

*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo

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