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Una sociedad sin ética

¿Qué profesionistas estamos formando? ¿Qué clase de ciudadanía estamos moldeando? ¿Qué valores estamos impulsando o estamos permitiendo que se impulsen? El incidente del examen de ingreso de la UNAM, que arrojó la enorme probabilidad de que miles de candidatos hayan hecho trampa, me lleva a reflexionar, no en los errores cometidos por las autoridades de la Máxima Casa de Estudios del país, o de los encargados directos de la elaboración y puesta en práctica del examen, mismos que sin duda serán corregidos, sino en los aspirantes a ingresar a una licenciatura, que eventualmente terminará en una profesión. ¿Qué podemos esperar de un alumno que, para entrar a la carrera de medicina, hizo trampa? Yo diría que probablemente no será un médico muy ético, que será más bien capaz de engañar a su paciente por dinero o simple y sencillamente será un médico incompetente, porque hará trampa también en sus exámenes o donde pueda. ¿Qué podemos esperar de un alumno que, para entrar a la carrera de derecho hizo trampa? Probablemente será un abogado corrupto, dispuesto a traicionar a sus propios clientes por dinero, o a entrar en todo tipo de connivencias para salirse con la suya, sin importarles la justicia o el respeto de las leyes. ¿Qué podemos esperar de un alumno que, para entrar a la carrera de arquitectura o ingeniería hizo trampa? Pues probablemente abusará de sus clientes, hará construcciones dudosas, de mala calidad, que eventualmente representen un peligro para la población. Y así, podemos multiplicar los ejemplos. En suma, no podemos esperar profesionistas honrados, respetuosos de la ley, de las personas, preocupados por el bienestar general, si de entrada ya están haciendo trampa. Lo peor del caso es que se ha vuelto tan común que ya muchos perdieron la brújula de lo que es correcto e incorrecto. Recuerdo hace algunos años en un programa de televisión, una chica se quejaba, a nivel nacional, de que le habían vendido el examen equivocado para entrar a una escuela de normalistas.

Lo que estamos presenciando alrededor del examen de la UNAM es sólo el reflejo de lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Revertir esto requiere una reflexión profunda y acciones de largo plazo. Cuidémonos de esos gobiernos moralistas que prometen, por ejemplo, austeridad republicana y se dedican a enriquecer con trampas a los suyos.

Ciertamente los gobiernos tienen buena parte de la culpa, porque han construido un sistema político basado en el engaño, en la corrupción y en el oportunismo, no en la verdad, la honestidad y la competencia leal. Se premia al servil y al astuto, al que engaña y al que hace trampa. Y si los gobiernos anteriores también fallaron en eso, los de la 4T se han pulido en este ejercicio. Los ejemplos están en todos los poderes y a todos los niveles: hacer trampa no importa. Ni está señalado, ni está perseguido, ni está penado. No importan las capacidades, sino la fidelidad. Por lo tanto, no importa cómo la gente llega a los puestos de responsabilidad, con tal de que sean leales al partido, a la causa o al mandatario.

Pero, aunque los gobiernos son los primeros responsables, el mal está también en otras partes, comenzando por las familias y pasando por diversas organizaciones, supuestamente encargadas de generar éticas socialmente correctas. Los honestos son tratados como estúpidos, porque no saben aprovechar las situaciones. “El que no transa, no avanza”, repite el pueblo bueno. ¿Se levantarán en rebelión contra dicho estado de cosas los honestos, como lo están haciendo los jóvenes en otras latitudes?

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