Más que una carrera contra el tiempo, que algo hay de eso, la UNAM está enfrentando un problema de cuya resolución dependerá el futuro de miles de aspirantes a estudiar una carrera universitaria.
Lo urgente es atender la crisis, desatada por la prueba en línea. Los datos que hasta ahora se tienen no permiten conclusiones claras, pero los hallazgos que van dando día a día esbozan la gravedad de lo que ocurrió, aunque aún no se conozca su escala.
Al mismo tiempo, será importante establecer un horizonte de trabajo de mediano y largo plazo.
¿Qué hacer ante la IA? ¿Qué consecuencias ya hay de quienes ven en la trampa un camino de ascenso? ¿Qué mensaje envió, a la sociedad en su conjunto, el examen? ¿Hay que retornar a lo presencial? ¿Se debe repetir en los tramos más sospechosos o en su totalidad? ¿Qué decirles a los jóvenes que estudiaron y tuvieron un resultado legítimo y correspondiente a su esfuerzo?
Por lo pronto, “todas las opciones están sobre la mesa”, dijo el rector Leonardo Lomelí al instalar la Comisión Técnica que tiene la tarea de analizar lo que ocurrió con el examen, los comportamientos atípicos en los niveles de aciertos y el fantasma de la trampa que deambula por la conversación pública desde hace unos días.
La integración de la propia Comisión Técnica permite tener claridad en algo que es fundamental: van a realizar un trabajo excepcional y de enorme rigor.
Solía decir Jorge Carpizo que, ante las coyunturas difíciles y las crisis, había que optar por el acompañamiento de personalidades de prestigio, a quienes les importara más la construcción de una biografía que el aplauso momentáneo.
El rector Leonardo Lomelí hizo lo propio en estos momentos. Lejos de los reflejos tradicionales de la burocracia universitaria, siempre cerrada y temerosa, está encarando el problema y sabe que cada una de las posibilidades contiene riesgos, pero también oportunidades.
De ahí que se deba respaldar a los encargados de estudiar el embrollo, entre los que se encuentran Alejandro Pisanty, Eduardo Backhoff, Elisa Speckman, Alma Maldonado, Carlos Arámburo, Pablo Pruneda y Alejandro Frank.
Sobra decir que tienen una responsabilidad enorme, pero también que sabrán hacerse cargo por el bien de la UNAM y su comunidad.
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