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Música: La banda sonora del Mundial

Montserrat Pérez-Lima

Bien ha expresado Juan Villoro sobre el fútbol: “Las multitudes llenan los estadios ilusionadas por algo que no sólo pasa en la cancha”. Y no únicamente sucede dentro del terreno de juego, ni siquiera en las gradas de los estadios: ocurre en las casas, en las oficinas, en las calles y en cualquier lugar donde a uno le toque el grito de un gol.

Más allá del deporte, el fútbol es un complejo ecosistema social donde cada juego lleva consigo sueños, lealtades y diferencias. Ante el escenario mundialista, uno termina dándose cuenta de que se habla de todo, menos de táctica deportiva. Por eso, hoy no escribo sobre el fútbol, sino sobre cómo suena; no el sonido empaquetado de las canciones oficiales, sino el sonido crudo que rodea la cancha.

Cualquier aficionado de lo sonoro, como una servidora –e incluso los que no–, se ha dado cuenta de algo que usualmente ignoramos y es el hecho de que el Mundial no sólo se mira, también se escucha. La experiencia de un partido está construida por una compleja superposición de sonidos: himnos, cantos, tambores, narraciones, ruido de las tribunas, gritos, silbidos y silencios llenos de tensión que convierten el encuentro deportivo en un acontecimiento social, cultural e incluso emocional. 

En las fechas mundialistas, la ciudad entera se ha llenado de un paisaje sonoro distinto. Uno no puede ser indiferente a los alaridos de los vecinos o a la pasarela sonora que conecta una bocina con otra mientras caminamos por la calle siguiendo –involuntariamente– la señal de un partido. Y basta como ejemplo el coro de cláxones que, al unísono o en canon, atormenta los oídos de unos o fascina a otros tras celebrar un triunfo.

Sin embargo, este paisaje sonoro encierra mucho más que ruido; funciona como una poderosa maquinaria que construye y refuerza la identidad. El sonido en el fútbol actúa como una frontera invisible pero ensordecedora: cuando una afición hace retumbar un estadio o inunda las calles con cláxones y ¡vivas!, está marcando un territorio acústico. A través del cántico al unísono, el individuo se diluye en la masa para crear una tribu instantánea: la idea de nación, aquella comunidad imaginada, definida y soberana de la que hablaba Benedict Anderson, se materializa de una manera efímera. Por un par de horas, las barreras sociales colapsan: empresarios, oficinistas, intelectuales, trabajadores y artistas comparten la misma voz y forman parte de la misma banda sonora. Al cantar, no sólo apoyan a un equipo, confirman quiénes son frente al extranjero que, aunque “hermano”, no deja de ser el "otro". 

Es entonces cuando esta sonoridad adquiere un peso importante, pues, como ya sugería Walter Benjamin al reflexionar sobre el comportamiento de las masas, hay un inmenso poder político en permitir que una multitud se vea y, sobre todo, se escuche a sí misma. En el escenario de un Mundial, el sonido se convierte en el vehículo perfecto para reforzar la idea del nacionalismo. Los himnos, los aplausos, las cornetas o el Cielito lindo cantado a todo pulmón no sólo son expresiones de apoyo al equipo: son la idea de una nación haciéndose audible. El Mundial ofrece la oportunidad de escenificar la identidad nacional a través de un espectáculo sonoro ensordecedor, donde la multitud experimenta y celebra su propia existencia.

Cuando este fervor nacionalista se exacerba, la voz de la tribu marca su territorio de maneras que resultan fascinantes y, otras veces, alarmantes por lo que expresan. La investigadora y traductora argentina Lelia Gándara ha dado prueba de ello analizando los cantos de los hinchas en la nación rioplatense. Concluye que, en los últimos 20 años, los cantos de estadio se han cargado de amenazas, violencia e intolerancia, marcando una diferencia considerable con respecto a las porras anteriores a los años setenta, que tendían más al festejo del propio equipo. Cuestiones peyorativas relacionadas con raza, posición social y género se hacen latentes. Tal es el caso del controversial grito que ha hecho reconocible a la afición mexicana: un sonido que ha causado revuelo y multas. Aunque muchos alegan que en su contexto tiene múltiples significados, convengamos que lo homofóbico siempre está presente, sea o no uno de sus plurisignificados (como dirían Les Luthiers).

De manera casi irónica, el fútbol también materializa emociones y sentimientos. La cancha y la tribuna son de los pocos espacios donde, especialmente en el mundo masculino, la efusividad se une a la vulnerabilidad. Son lugares donde los hombres tienen el permiso social de llorar sin que ello implique una merma a su virilidad… 

Curiosamente, al mismo tiempo que la banda sonora del Mundial parece hacer hincapié en la separación y la confrontación, también funge como un poderoso pegamento social. Nos une a través del grito unísono del gol, nos hermana ante el festejo o la derrota. Al final, todo esto nos demuestra que el paisaje sonoro del fútbol es un eco indiscutible de lo que somos. Y, aunque uno no sea fan del balompié, no puede salir librado de lo audible, pues bien lo decía Pascal Quignard: “Oír es ser tocado a distancia”.

*Montserrat Pérez-Lima. Musicóloga por el Conservatorio Nacional de Música, maestra en Comunicación por la UNAM y maestrante en la Facultad de Música. Es autora de artículos sobre música mexicana y ha impartido ponencias en México, Cuba y España. Escribe notas al programa para diferentes orquestas del país.
@MontseLima_

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