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Poesía: Amanecer de Luis Mendoza Vega

Pedro Derrant

Esta mañana soy otra

toda la noche

el viento me dio alas

para caer

Blanca Varela, Concierto animal

Hay poetas que ocupan la página para morirse en público. Los hay también que entienden el poema como una afirmación desesperada de su propia vida. En medio de ellos, existe otro grupo tambaleante, indeciso, que camina en el filo de ambos mundos sin ceder del todo a la seducción de ninguno, que alternativamente muere y nace en el vaivén de cada verso. A esta familia pertenece Luis Mendoza Vega.

Al lado de él se sientan a la mesa Blanca Varela, Cesare Pavese y Jorge Cuesta: creadores de una obra que oscila entre sumergirse en los pozos de la miseria y reconquistar el día, que sube y baja con tanta mayor violencia cuanto no sabe cuál es el reino al que quiere pertenecer, que afirma la vida porque sabe la muerte, que aspira a la muerte porque está asfixiada de tanta vida. Ya lo dijo Kierkegaard en otro contexto: sólo quien duda sabe tener fe de verdad. 

Desde su imagen fundacional, la que le da título, Pájaro de sal (Crisálida, 2026) se cristaliza a fuerza de contradicciones: ave amarrada al suelo y mineral que vuela. Mendoza Vega no procede así por artificio o nostalgia del barroco; en esa fluctuación está escondida su poética. “No vivo como dios manda” termina el poema que se llama precisamente así, “Ars poetica”, y que a mi juicio podría haberse quedado como un desnudo verso sobre la plana. 

En Pájaro de sal las cosas no viven como dios manda: la voz no escribe de aquello que escribe (“Quise escribir sobre mi padre, / pero una que otra noche en el desierto / me estranguló la sed. Ante esto, / ante el monolito de su figura, / preferiría hablar de nuestro perro / que juega a ser sombra de su sombra.”), la identidad de los nombres se revela ilusoria (“El lenguaje me desdice: / el nombre no es la cosa: / Luis no es Luis, y viceversa.”) y aquello que hacemos en nuestro cuerpo excede nuestras fronteras para tocar el de alguien más que todavía no existe (“Castrarse / es cometer un solo crimen: / dormir sabiendo que, / al otro extremo, / nadie muere.”).

Pero todas éstas no son sino variaciones de la duda original: ¿por qué el triunfo de la vida se siente como una herida de muerte?, ¿por qué en el vientre del placer se oculta el hijo aún no nacido de nuestro desamparo? En los mejores poemas, se advierte la desesperación por responder: 

Desconozco de latitudes, es más,

tanto es mi desconcierto que voy

como por un campo minado de cuerpos

sin más nombres que la tierra enmascarada.

Uno camina por aquí, en Veracruz,

y es probable que las flores germinen

en la boca de un desaparecido.

No hay límites que resguarden lo humano

pienso, solo una atroz consciencia de lo posible. 

O bien:

Un perro muerto descansa

cerca de las buganvilias

y como Cristo a Lázaro, le digo: levántate,

sólo es de hombres morir de tanta luz.

A ti nada te fatiga, ni siquiera el tiempo

porque vives siete pasos adelante,

la eternidad se ancha a tus expensas.

Por eso si alguien te dice: muérete.

No hagas alardes ni cartas de despedida,

juega a morirte como los niños.

Yo, en cambio, vine al jardín con esta soga ardiendo

y sólo mirarte removió la tentación. Levántate.

Ven. Afuera está tu carne

nocturna y entumecida. 

Esa cuerda —con la que la voz no termina de colgarse— y esas flores —que deberían asfixiar las gargantas muertas de las que brotan— prefiguran el gran poema del libro, el último, que está condenado a perdurar: “Muerte por agua”.

[…]

Cauces desembocan por mi voz quebrada.

Soy este afluente donde medran los sátiros.

Se acercan a beber y una Ofelia

ondeante en su bautismo

les posee la lengua. Náufrago,

no conforme con lamer huesos

del niño ahogado en vertiginoso amor,

te sumerges y no te lavas

de la inmundicia, por eso vuelves

al navío de tu cuerpo.

Aquí no hay agua,

entrañan los ríos de mi infancia

velámenes fatigados que emiten,

a borbotones, una vorágine

de muertos. Aquí no hay agua,

sólo nos humedece el silencio.

Así el movimiento de un sol se precipita

contra la noche trocada

por el sudor de la memoria.

…cuánta ruina aún por asumir.

Pero, llegado al término del poema, me quedé con una sensación ambigua. El último verso —con esas itálicas que sugerían un préstamo, cuya procedencia no reconocí— era a un tiempo espectacular y anticlimático: una conclusión emocionante, que acababa en una nota altísima, pero tomada de una fuente ajena. Me pregunté por qué Luis habría renunciado a la posibilidad de cerrar su primer libro con la explosión de su propia voz, que es tan nítida. 

Mi primera intuición fue imaginarme un desenlace alternativo, uno que prescindiera de esa línea. Desandé unos cuantos versos y encontré lo que buscaba: “Aquí no hay agua, / sólo nos humedece el silencio”, me pareció una coda inmejorable para un poema (para un libro) cuya voz se elevaba en medio del fragor de las contradicciones. Si bien no dejaba de advertirse el eco de Eliot, “Here is no water but only rock”, la variación de Mendoza Vega me parecía original. En lugar de seguir la ruta trazada por The Waste Land, en el que la aridez se resolvía en la tormenta insistentemente anunciada por el trueno, la sequedad de “Muerte por agua” se volvía infinita y paradójica. “Sólo nos humedece el silencio” porque el recuerdo de Daniel, el ahogado del poema, para siempre mudo por la asfixia, no podría desaparecer en una tierra asediada en todos sus flancos por el agua. El río, la lluvia, la neblina, el sudor dejan de ser eso que dios manda y se vuelven algo más: fantasmas, obstinadas exhalaciones de la memoria.

Ya escrito y entregado este ensayo, no dejaba de resultarme molesto el hecho de no haber podido rastrear el origen de ese verso que tanto me emproblemó: “… cuánta ruina aún por asumir”. Busqué durante días, sin éxito, en mis ejemplares de Migraciones, La insurrección solitaria, Libertad bajo palabra y otros libros en que creía poderlo encontrar. Rendido, le escribí al propio Luis Mendoza Vega, que me señaló en la dirección correcta: “es de Malva Flores. Lo tomé de Casa nómada (1999), mi libro mexicano de poesía favorito. Ella dice ahí: ‘Cuánta turbia ruina por asumir’”.

En lugar de zanjar el problema, se me abrieron nuevas complicaciones. El verso final no era, en rigor, una calca, como yo pensaba, sino, como el de Eliot, una variación, si bien menos personal. Reformulé mi cuestionamiento, pero sin renunciar del todo a mis primeras conclusiones: ¿por qué sugerir, en el momento privilegiado del gran final, que se ha cedido la voz a otro?

En muchas partes del libro, Mendoza Vega ensaya con fortuna el monólogo dramático, una manera especular (y especulativa) de escribir un poema “en voz de”. Discípulo indiscutible de Francisco Hernández —ese otro gran poeta veracruzano que ha construido una obra a fuerza de enmascaramientos—, Mendoza Vega entendió que esta clase de poema le prestaba un reducto al pudor para exhibir, a través de las caretas, las fibras verdaderamente sensibles de su literatura. “Isaac’s prayer”, “A partir de un retrato de Jorge Cuesta” o “El evangelio según nosotros” son confesiones oblicuas de su conflictiva relación con la paternidad y con el deseo. Ese modo de proceder, ese semiocultamiento —que en estos poemas encuentra un satisfactorio equilibrio entre lo de uno y lo de los otros—, al final del libro se resuelve más bien en modestia. Y la modestia es un toma de postura: es el triunfo de uno de los extremos.

Poeta de difíciles (des)equilibrios, Mendoza Vega practica una escritura que visita los polos —lo vivo y lo muerto, el exhibicionismo y el disimulo, la originalidad y la cita textual— sin quedarse a vivir en ninguno. En los momentos en que consigue sostener la tensa irresolución (pudor exhibicionista, voz propiajena) de un colibrí que flota, Pájaro de sal se afirma como una personalísima propuesta poética: cantar para que el mundo nunca sea lo que dios manda. A veces, el propio Luis Mendoza Vega olvida que ésa es su gran virtud: sublevarse contra la solidez homicida que aplasta lo que amamos, que nos inculca una sola manera de desear, una sola ruta a través del mundo.

El mediodía de Luis Mendoza Vega está en los años por venir. Pacientemente vemos cómo se eleva el sol.

Pedro Derrant. Poeta y ensayista. Publicó la colección de poemas Catábasis (Summa, 2023). Ha colaborado con Revista de la Universidad, Paraíso. Revista de poesía, Tierra Adentro, Ærea y Círculo de Poesía.
@pedro_derrant

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