Daniela Martínez
Las luces se apagan, el telón se levanta y una escultura construida con diez cuerpos aparece. “NO” (propuesta #56), del Circo ContemporáNEO danza multidisciplinaria, ha comenzado. Entre luces y una escenografía roja, comienza a volar la mente de los espectadores frente a un solo mensaje contundente: la palabra “no” y su significado dicotómico. A lo largo de la puesta en escena, la ambivalencia estremece al público con la interpretación del bailarín Ulises Martínez, quien —al gritar “no respires”, “respira”, “siente”, “no sientas”— crea un ambiente estremecedor que rasga lo más profundo de la exigencia, autoexigencia y negación. Deja dos preguntas: ¿las exigencias normalizadas en las prácticas artísticas corresponden a la esencia original de la danza?, ¿negarse a la exigencia puede liberarnos?
La danza es, en esencia, la expresión artística de la historia, las tradiciones o la cultura mediante el movimiento corporal; su institucionalización, por el contrario, ignora por completo que su belleza yace en la singularidad. “NO” (propuesta #56) nos recuerda la desvalorización de las expresiones humanas debido a la presión personal y social, a los estándares inalcanzables incentivados por las instituciones y los medios digitales. Hay una réplica periódica del “no” en cada acto de la puesta en escena: en las figuras creadas por los bailarines, masas montañosas o lineales que fluyen acordes con los movimientos y palabras del bailarín Ulises Martínez. Y todo funciona como reflejo de la competencia, envidia y supervivencia, elementos intempestivos de la coreografía que puntualizan los alcances humanos en su búsqueda de la suficiencia e inclusión, así como su respuesta y colapso frente a la exigencia.
En la actualidad, las exigencias motrices, psicológicas y estéticas rebasan la esencia comunicativa de la danza. Los estándares de belleza basados en la edad, peso, estatura, color de piel y talla predominan en las academias, competencias y escenarios mexicanos. Desvirtúan la proyección y dominio escenográfico, además de invisibilizar a bailarinas con cuerpos disidentes. La apropiación del discurso de la belleza homogénea ha generado sentimientos de insuficiencia en las bailarinas y la búsqueda de espacios alternativos abiertos a la diversidad e inherentes a la técnica.
Sin duda, “NO” (propuesta #56) testimonia la posibilidad de negarse a las exigencias y dar espacio a la libertad y la conexión del cuerpo con la música. Hay dos ejemplos exitosos de este tipo de rechazo de las disidencias a los marcos técnicos y estéticos: el arte callejero y los sonideros. En ambos, no hay un estándar físico para expresarse y, no obstante, se construyen comunidades que han logrado crear una contracultura dancística. La normalización institucional de la exigencia aleja a la comunidad de los espacios puristas y elitistas; estas disidencias, por el contrario, nos acercan a la raíz de la danza. Nos permiten comunicar con el cuerpo lo que no se puede en palabras y crear redes comunitarias con quienes comparten las conexiones con la danza ya sean espirituales, teológicas, culturales o ambientales.
En suma, respuestas en contra de los parámetros institucionalizados de la disciplina, como “NO” (propuesta #56), revelan que, frente a la abrumadora exclusión del entorno artístico enfocado en quienes ostentan mayor capital económico y cultural, el “no” puede liberarnos de imposiciones absurdas. Y así el arte continúe manifestando su esencia, construyendo y evolucionando con nosotras, no pese a nosotras.
*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead
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