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Artes visuales: Llega Rafael Lozano-Hemmer al Museo de Arte Moderno

Diana Álvarez Mejía

Rafael Lozano-Hemmer llegó el, de febrero a abril pasados, al Museo de Arte Moderno con su exposición “Jardín inconcluso”, una muestra de nueve instalaciones expuestas en el patio exterior del recinto en las que el espectador completa el sentido de las obras a través de la interacción. Las obras son contingentes, pues dependen de que los asistentes —o mejor dicho, sus cuerpos— las atraviesen: que el movimiento del espectador dé forma a una imagen digital, que las voces en eco del público dejen grabado un mensaje, que un poema sea completado y recite las voces borradas por la historia, que el caminar de los asistentes marque las luces a su paso. 

Se trata de una exhibición inconclusa porque no plantea un cierre. Porque en cada una de las piezas hay una deliberada negación a concluir, que es a su vez una resistencia al dominio y la totalidad. Cada una de las obras que componen las instalaciones está en un constante devenir, que se manifiesta a través de cada espectador que interactúa con ellas. Las obras son una metáfora de la continuidad que busca el artista: instalaciones que se resisten al acumulamiento y a la completitud. La participación del público es movimiento —calor, sonido y pulso— y es al mismo tiempo social y política. 

El título no es fortuito. A lo largo del tiempo, los jardines han tenido una connotación de orden: el de la naturaleza controlada y clasificada por el hombre. “Jardín inconcluso” es una paradoja, un cuestionamiento al significado mismo del concepto. La naturaleza es salvaje e incontrolable, y el jardín de Rafael Lozano-Hemmer trasciende la narrativa del jardín fijo y definitivo. Impone un nuevo relato por medio del arte. Un jardín que se resiste a una estructura. 

La luz es una de los elementos fundamentales de esta exposición y, por eso, cada una de las obras yace en un camino nocturno. Las fuerzas invisibles se hacen presentes: radiaciones cósmicas dirigen luces giratorias, energía térmica otorga movimiento a partículas lumínicas precedidas por un poema, los latidos del corazón dan vida a un jardín lleno de luces. Cada pieza registra nuevos movimientos, voces y latidos que se desvanecen para dar lugar a un nuevo testimonio, y así sucesivamente. No son archivos: son acontecimientos. Memorias que quedan en los espectadores. Una memoria momentánea pero colectiva. 

La transformación continua es el ancla de esta muestra: una voz sustituye a otra, un latido precede a otro, caminos de luz se borran para dar lugar a nuevos trayectos, un cuerpo emerge en un espiral de luz antes de desaparecer. El jardín se transforma en un espacio donde el tiempo es irrelevante y se repliega para crear un presente inaprensible. El lenguaje también forma parte esencial de esta exposición: una proyección mapeada que revela los pliegues que el sonido provoca en la garganta al recitar los fragmentos de Ninth Bridgewater Treatise de Charles Babbage, autor que concibió la atmósfera como una biblioteca infinita que resguarda todas las voces. La infinidad como punto de partida. Poemas en lenguas indígenas que se replantean con el movimiento del espectador. Una forma de resistencia al negarse a ser leídas de una manera única. 

Rafael Lozano-Hemmer es un artista que supera toda disciplina, y “Jardín inconcluso” es un poema a través del cuerpo. Es una muestra que revela lo efímero de la vida y la trascendencia como incompletitud. La resistencia de lo político y el conocimiento fuera de todo concepto.

La poesía llevada fuera de la palabra.

Diana Álvarez Mejía. Poeta e historiadora del arte. Tradujo, junto con Antonio Bohorquez, Me mataría en marzo de Hilda Hilst (2023). Ha publicado en Primera Página, Santa Rabia Poetry y Letralia, tierra de letras.
@dianacartesiana

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