Paulina López
Tlaxcala sí existe. Escuchamos esta frase en los primeros minutos de la obra, desde un teatro en la colonia Juárez de la Ciudad de México. En un medio artístico altamente centralizado, es refrescante ver una obra que no se creó ni se estrenó en la capital. Con piel de ballena fue escrita por Anita Reyes Butrón, dirigida por Marcela Castillo y producida por la compañía Fábrica de Arte Tlaxcalteca. En esta puesta unipersonal, la audiencia acompaña a Dianita —así, en diminutivo— a reconocerse después de convertirse en eso que nunca quiso ser: una madre autónoma.
En el escenario vemos un moisés y objetos de bebé dispersos en varios lados. De fondo cuelgan unas telas ondulantes, en tonos neutros, que durante algunos ratos me recuerdan las olas del mar y otros hacen pensar en lo atrapada que te pueden hacer sentir un par de cortinas que no encuentras por dónde se abren (el diseño escénico estuvo a cargo de Miguel González Espinosa). A lo largo de la obra, Dianita (actuada maravillosamente por Sabrina Tenopala) escenifica momentos de su infancia y adolescencia utilizando pañales, biberones, trapitos y ropa de bebé. La maternidad domina su presente, y esto da nueva luz a los recuerdos de su pasado. Nos cuenta de forma fragmentada cómo ella se siente en ese momento, los distintos matices de luces y de sombras en su historia de vida. La música en vivo, a cargo de Tayde Pedroza, sirve de portal entre las distintas viñetas de la vida de Dianita.
Empezamos por conocer a una Dianita pequeña y vulnerable. El bailable de la escuela está por comenzar y ella se paraliza porque su maestra le quitó el sombrero verde con el que tanto había ensayado y sin el que no puede concebir participar. Desde ese momento todas las mujeres podemos reconocernos en Dianita: en esa vulnerabilidad inocente de una niña que habita un mundo de adultos que no siempre se detienen a explicarle las cosas y que no entienden cuán especial puede ser un sombrero verde.
Durante la siguiente hora, vemos otros fragmentos que nos muestran la complejidad de quién es Dianita, o de quién era antes de ser “la mamá de…”. Aprendemos que su papá estuvo presente hasta que dejó de estarlo. Un papá que presentaba a su hija como su sobrina ante sus potenciales amantes y que podía ser violento. Observamos a Dianita esconderse en el baño para huir de la furia de su padre alcoholizado, pero también transformarse de esa niña vulnerable en una adolescente soñadora, fiestera, que explora sus deseos y que posa para fotos imaginarias frente al espejo del baño.
Las madres autónomas que, como la obra nos recuerda repetidamente, abundan en este país, también son comunes en la familia de Dianita y tienen una historia similar. La madre y la hermana de Dianita tuvieron parejas que decidieron convertirse en padres y que después decidieron irse. Ella no quiere compartir ese destino y piensa que está en sus manos evitarlo. Dianita se muda a la Ciudad de México, donde se enamora de un tlaxcalteca, con quien tiene a su bebé y decide regresar a Tlaxcala.
En las palabras contundentes de la dramaturga, la pareja de Dianita “abortó la decisión de ser padre” después de siete meses. Con esta revelación, nos reencontramos en el presente, con la Dianita que es madre autónoma a pesar de su deseo de romper con ese ciclo familiar. Y a partir de ese momento, la historia desenfoca la individualidad de Dianita para mostrarnos, por un lado, la incertidumbre, soledad y desorientación que implica convertirse en madre y, por otro, un sistema que permite a los hombres “abortar su decisión de ser padres” cuando deseen y que también reclamar sus derechos en tanto padres cuando quieran, aún después de años de ausencia.
En una escena particularmente memorable y cómica, Dianita invita al escenario a un títere hecho por pañales desechables. Se trata de una sátira de los padres ausentes que se sienten incomprendidos por todos los cambios que a ellos implica volverse padres y que exigen que se escuche su perspectiva. Ese títere es la representación de ese problema sistémico donde las madres tienen que aprender a procesar e integrar todos los cambios y responsabilidades de la maternidad, mientras que los padres, al sentirse abrumados, pueden simplemente dar media vuelta y decidir que ya no quieren serlo.
Uno de los aciertos del texto es mostrarnos con detalle la vida de la protagonista en toda su complejidad antes de convertirse en madre. Esto enaltece el contraste con la Dianita que se siente perdida y que está tratando de encontrar quién es además de ser “la mamá de alguien".
Dianita nos habla de las ballenas, esas mamíferas que también cuidan ferozmente de sus crías. Tienen la piel resistente para soportar temperaturas muy bajas y recorrer grandes distancias; sin embargo, también tienen la piel suave al tacto. Parece que así se siente Dianita ahora. Feroz para cuidar a su bebé, pero también frágil. Con piel de ballena. La analogía que da nombre a la obra es efectiva, pero se menciona muy brevemente y con ello pierde poder.
La obra deja a los espectadores en un limbo, sin saber del todo quién es Dianita ahora que es madre. O qué es además de madre. Una parte de mí quería una respuesta satisfactoria: saber que Dianita llegó a una conclusión grata en la exploración de sí misma. Sospecho que ella quería lo mismo pero aún no tenía las respuestas.
*Paulina López. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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