Emiliano Polo
Sobre la insistencia
Estados Unidos ha sido un país creativo e insistente en anunciar su declive. Son advertencias que funcionan y cobran sentido a partir de la paranoia y comparaciones que funcionan bien desde una posición de poder. La admonición sobre el declive americano surge cada década de la pluma de autores distinguidos y siempre acompañada con evidencia que deja poco lugar a dudas. Surge el inconveniente de establecer de qué se compone exactamente este declive, porque depende de lo que cada uno decida medir: demografía, gasto militar, crecimiento económico, patentes registradas, estudiantes extranjeros, ciencia y tecnología. Cada quien puede escoger variables y ver, con base en la misma información, tanto declive como bonanza.
El miedo a decaer ha sido tan recurrente en Estados Unidos que esta práctica tiene nombre, ya un poco en burla, declinism (con su mala traducción como declinismo). Consiste en la certeza de que el país resbala de manera irreversible desde su éxito, su economía se debilita, los rivales surgen por doquier para disputar la hegemonía, las instituciones se corrompen y los mejores días son claros sólo al ver hacia atrás. El declinismo, que como nunca alcanza la categoría de hallazgo, se ha convertido en un género de la literatura especializada en relaciones internacionales; es una conmoción que regresa religiosamente y que, en su repetición, da señales de cómo un país se entiende e imagina. Imaginarse en caída o en ascenso importa porque, al igual que las personas, las naciones se comportan de manera distinta en ascenso o en decadencia.
En 1918, una obra clave en el género de la inevitabilidad de los desplomes fue la del historiador y filósofo Oswald Spengler. En sus dos volúmenes de La decadencia de Occidente, argumentaba que las civilizaciones, como cualquier organismo, se desarrollan y mueren. Después de la Primera Guerra Mundial, hacía sentido. No fue difícil plantear que, para Occidente, las cosas no pintaban bien. Aunque Spengler era alemán y escribió sobre Occidente como una categoría más amplia, el libro fue un éxito en Estados Unidos que rompió la ilusión, propia del siglo XIX, del progreso como una línea ininterrumpida de la historia. La historia continuaba dando la razón a Spengler.
Tan sólo una década después, la Gran Depresión reafirmaba la hipótesis del descenso. El capitalismo también era una farsa; las democracias eran sistemas torpes, ingenuos, que aburrían frente a la virulencia y dinamismo del nuevo fascismo (y del comunismo). A pesar de las victorias de Estados Unidos en las dos guerras mundiales, el declinismo persistió e incluso se intensificó durante la Guerra Fría. Abonaba a esta idea que la competencia y las comparaciones entre potencias dejaban de medirse sólo en el plano militar para instaurarse en otros criterios. Los soviéticos ya habían desarrollado también la bomba atómica y lanzaron el satélite Sputnik en octubre de 1957. Lo anterior no podía ser sino la evidencia de que Estados Unidos se había quedado atrás en ciencia, tecnología e ingeniería. Se popularizó el término missile gap para representar la nueva brecha. Pero la ansiedad generó una reacción: se creó la NASA y se invirtió en formar a una generación de ingenieros.
Vino la década de los setenta y trajo consigo aún mejores excusas para otro periodo fértil para apostar por la tendencia al declinismo. Eran los años de Vietnam, Watergate, el embargo petrolero de 1973 y la confusa estanflación. Richard Nixon hablaba abiertamente sobre el nuevo mundo multipolar, en el que la supremacía americana se iba a comenzar a repartir y Jimmy Carter, en un célebre discurso de 1979, perfilaba una nación que parecía cansada de sí misma. Se recuerda como el “discurso del malestar” y reclamaba que, más que lo transitorio de la inflación y escasez de combustible, el problema era una crisis de confianza en los estadounidenses.
Las teorías tomaron otra forma en los ochenta. El problema ya no era la tecnología o el armamento soviético, sino las fábricas japonesas. Los periódicos advertían que Tokio pronto iba a rebasar a Washington y, como de costumbre, surgió otra obra que aceleró el sobresalto. El historiador Paul Kennedy publicó en 1987 Auge y caída de las grandes potencias, y popularizó el concepto de imperial overtrech o sobreexpansión imperial. Kennedy insistía en la tendencia de las potencias a agotarse paulatinamente en un agobio consustancial al éxito en donde los compromisos militares agotan los recursos económicos. Y otra vez, todo hacía sentido: el déficit comercial y presupuestario de entonces se acomodaba bien a la teoría de Kennedy. El libro fue un bestseller en las elecciones de 1988.
Al final de los ochenta, el escritor Samuel Huntington publicó su artículo “Estados Unidos: ¿declive o renovación?”, que dio un paso atrás para poder observar el patrón. El declinismo de aquella década era, por lo menos, la quinta gran advertencia desde los cincuenta. Toda alarma se había formulado como inevitable y traía evidencia consigo, pero cada una había precedido una etapa de auge o reactivación. Huntington pensaba que la percepción de decadencia se negaba a sí misma en la realidad: la alarma despertaba el sentido de innovación que cancelaba la advertencia.
La historia parecía darle la razón: un par de años más tarde, la Unión Soviética se derrumbaba, Japón entraba en la década perdida, y Estados Unidos quedaba como potencia hegemónica en una posición contraria a las condenas de los setenta y ochenta. Huntington dejaba claro que el declinismo era una mala predicción, pero un buen método de motivación: preocuparse por el declive, lo evitaba.
Sobre el repliegue
Cada episodio de alarma por el declive, durante décadas, se midió contra el referente de un pasado idealizado, usualmente el momento irrepetible y nostálgico de la posguerra. Cada generación de autores confundió el declive relativo y la recuperación natural de otras naciones con un ocaso inalterable: la tecnología soviética era imparable, el crecimiento japonés no tenía techo. Todos los obituarios resultaron prematuros.
A comienzos del siglo XX, Estados Unidos destinaba apenas el 1% de su producto interno bruto (PIB) a defensa, mientras que Gran Bretaña, Alemania, Francia, Rusia y Austria-Hungría dominaban el gasto militar mundial. La Segunda Guerra Mundial reacomodó lo que era cada país y el gasto militar de Estados Unidos alcanzó alrededor del 40% del PIB en 1944. Al terminar el conflicto, el país tenía la mayor armada y la mayor fuerza aérea del mundo, y era el único con armas nucleares. A esto se sumaba que producía la mitad de la manufactura global. Ninguna potencia en la historia moderna había concentrado tal peso económico y militar simultáneamente. Gran Bretaña, en su cúspide en 1870, representaba alrededor del 9% del PIB mundial y quizá una cuarta parte de la manufactura mundial.
El 40% del PIB mundial que representaba Estados Unidos, al final de la Segunda Guerra, fue una anomalía que se diluyó durante los años sesenta y setenta, hasta que, hacia 1980, regresó a una cuarta parte, es decir, a lo que había sido desde finales del siglo XIX. En lo militar, la excepción se prolongó: sólo la Unión Soviética gastaba en una escala comparable y juntas, las dos superpotencias, concentraron la mitad —y, en algunos periodos de la Guerra Fría, cerca de dos terceras partes del gasto mundial en defensa. Con estos números, que refutan cualquier señal de declive, quizá la insistencia en el ocaso se explique por una idea más que por datos: en la idea de Estados Unidos como nación bajo una misión única. En el destino manifiesto cualquier erosión se comprende no como una fluctuación normal y transitoria, sino como una falla existencial.
Las cifras siguen sin retratar un imperio acabado. Estados Unidos aún concentra un tercio del gasto militar mundial, lejos del pico cercano al 50% de mediados de los años 2000, pero casi el triple que China, cinco veces Rusia y más que los seis países siguientes juntos. El historiador Stephen Kotkin insiste en que el verdadero declive relativo de Occidente ocurrió no en Estados Unidos, sino entre sus aliados. Mientras que la participación económica estadounidense se mantiene en torno a su histórica cuarta parte del producto global, Europa cayó del 29% en 1992 al 17% actual (20% si se suma el Reino Unido) y Japón se desplomó del 18% a menos del 4%. El G7 ha pasado de representar dos terceras partes de la economía mundial a menos de la mitad, mientras que China subió del 2% al 17%.
La hegemonía de los noventa produjo el efecto contrario al que Huntington había descrito años atrás: no una alarma correctiva, sino un exceso de confianza. Vino la crisis de 2008, Irak y Afganistán, y luego un Trump que, probablemente sin saberlo y sin importarle, retomó las ventajas de la nueva corriente del declinismo, hoy convocada en torno a la preocupación por la amenaza china y a los intereses sobre la deuda que ya superan el gasto en defensa.
El éxito militar y económico de la posguerra, y décadas después la hegemonía de los noventa, iba acompañado de una promesa, un acuerdo implícito de conveniencia para vencedores y vencidos, la mal llamada pax americana. En una lectura parcial, suele entenderse como una gracia estadounidense hacia el resto del mundo, cuando, en realidad, el esquema funcionaba al revés: la mayoría de los países querían adherirse a las reglas que Washington proponía. Era el interés por pertenecer, no una imposición, lo que fomentaba cierta paz y orden. Joseph Nye popularizó el mecanismo bajo el nombre de “poder blando” porque su mérito residía en la atracción.
Por su parte, críticos como John Mearsheimer sostienen que la hegemonía liberal fabricaba sus propias rivalidades, y la “paz relativa” hacía buen trabajo ocultando abusos como los golpes en Irán y Chile. En todo caso, era una pax y hegemonía también salpicadas de humillaciones y atropellos como el cese al fuego en Corea, el fiasco de Bahía de Cochinos, la derrota en Vietnam o la más reciente retirada de Kabul. Con todos sus errores y abusos, los pactos con Europa, Japón o Corea del Sur permitieron a Estados Unidos mantener y aumentar su poder. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el sistema comercial internacional decían tratar a las naciones como iguales; desde luego, en la práctica, dicha deferencia desde Washington era muchas veces retórica, pero la ficción generaba buena voluntad y, a diferencia de los satélites del Pacto de Varsovia, la OTAN nunca necesitó tanques para mantener cerca a sus "aliados”.
La diferencia con la trayectoria actual es que, bajo Trump, la respuesta al discurso del declive tomó otra forma y propició reacciones distintas a las pasadas: para beneficiarse del declive aún imaginario, Trump recurrió a las amenazas y a una retirada del mundo. Para Trump es probable que sea secundario, pero amenazar con invadir Groenlandia, Panamá, Canadá o bombardear Caracas, no revierte la caída que imagina, sino que esos falsos triunfos son los que convierten la inquietud en realidad. Y lo mismo en lo económico: castigar con aranceles a los socios que supuestamente “estafaron” (sic) al país precipita el proceso que dice detener.
Algunos interpretaron la irrupción de MAGA en sentido contrario; el historiador Samuel Moyn escribió durante la segunda toma de protesta: “Trump es un síntoma del declive imperial que pretende ser la cura”. Pero conforme Trump se adapta a sus debilidades, lo que parece forjar es más bien un proceso de profecía autocumplida: un círculo vicioso en el que se maltrata a los aliados, éstos se alejan y la distancia alimenta más insultos.
Las recientes acciones en Venezuela o en Medio Oriente exhibieron más bien debilidades y una diplomacia que desdeña por completo a las Naciones Unidas y al derecho internacional, pero, más importante aún, queda un poder impredecible que debe temerse. Probablemente la tendencia actual no sea un declive, sino un repliegue violento: de Europa, de Ucrania, de la Organización Mundial de la Salud, de la Organización de las Naciones Unidas, de los acuerdos climáticos, del T-MEC, de los programas de asistencia internacional y de control nuclear. Los remanentes de credibilidad que Trump se apresura a derribar venían desmoronándose desde la guerra contra el terrorismo y la crisis de 2008, pero a la ilegitimidad de ayer se suman hoy el insulto y la incertidumbre que tanto tranquilizan al trumpismo y, a su vez, propician y confirman la desconfianza hacia cualquier propuesta de hegemonía de Estados Unidos en el mundo.
* Emiliano Polo. Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional. Asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales.
@EmPoloA
Imagen de portada: Carlos Cárdenas