Sí. La selección unió a México. Hace mucho que no se sentía un ambiente de los mexicanos. Todos. Una sociedad completa.
No fue en el estadio. Ahí solo había un sector. Los invitados. Los fanáticos con posibilidades. Los que tenían que hacer todo lo posible simplemente por estar y pertenecer.
Fue en las calles, en las oficinas, en los restaurantes, en los mercados. Todos en ese día con su playera preguntando el lugar o las circunstancias donde cada quién vería el partido. Preparados para compartir y convivir con los amigos o la familia y, luego, decidir dónde festejar.
Nadie era fifí o chairo, partidista o chilango o norteño o maya o poli o narco. Todos, simplemente mexicanos.
Entre ellos estaban Joshami, Emilin y tres personas, cuyo nombre no fue dado a conocer, que vieron el partido y decidieron, como muchísimos más, festejar como mexicanos en el Ángel de la Independencia, olvidando que, en masa todavía somos desorganizados, desordenados, irrespetuosos o, por lo menos, imprudentes.
Esas características que, también nos identifican, no tenían que conocerlas o preverlas los asistentes, pero si las autoridades. Las mismas autoridades que decidieron poner ahí pantallas para la asistencia de la gente. Las mismas que declararon el día inhábil. Las mismas que sabían que México quería y necesitaba unirse y festejar. Las mismas que conocen cómo somos y, sobre todo, cómo somos en la megalópolis CDMX.
Si hubiera un deshidratado ya implicaba alguna falla. Algún lastimado. Un conato de pelea. Algún abuso sexual. Cualquiera de estas cuestiones implicaba o falta de informar o falta de actuar o falta de prevenir.
Pero ¿cinco muertos? Cinco personas que ¿simplemente fueron atropellados por una masa de sus propios iguales? ¿Tratados como una anécdota? ¿Solo un acontecimiento a mencionar?
Si hubieran sido checos o ecuatorianos o sudafricanos o coreanos las personas fallecidas, las autoridades hubieran buscado responsables y el mundo hubiera dado una importancia mayor a esas vidas que a cualquier gol.
Pero era México y eran, los muertos, mexicanos. Acostumbrados a la muerte. Tan acostumbrados que no importó. Duele. Mucho.
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