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El espejismo del TLCAN y el T-MEC

La semana pasada Estados Unidos optó por no extender el T-MEC por otros 16 años. Ello nos pone en la ruta de evaluaciones conjuntas cada año, con límite en 2036, lo cual es consistente con el estilo personal de gobernar de Donald Trump de dominar mediante la administración de la incertidumbre para maximizar la extracción de concesiones de sus “socios”. Parafraseando a Mark Carney, la administración Trump prefiere ver a México en el menú que en la mesa. 

El gobierno norteamericano sabe que la urgencia está más del lado mexicano, dado que su vecino del sur le ha apostado casi todo a la carta de los acuerdos comerciales, lo que hace del T-MEC un punto de estrangulamiento particularmente poderoso. Resulta irónico que México sea tan dependiente del acuerdo, porque si bien el TLCAN y el T-MEC permitieron una expansión en 928% (o 373% en dólares reales) del comercio bilateral de 1993 a 2024, convirtiendo a México en el primer socio comercial de Estados Unidos, eso apenas se tradujo en un crecimiento acumulado del PIB per cápita de México de 22.9%, que contrasta con los de Estados Unidos (69.9%), Canadá (43.1%), China (942.8%), India (421.3%), Polonia (259.4%), Corea del Sur (213.0%), etcétera. Incluso la atribulada Argentina aumentó su PIB per cápita en 28.8% de 1993 a 2024.

Muchos países que no tenían acuerdo de libre comercio con Estados Unidos ni comparten fronteras con él, crecieron mucho más y abatieron su pobreza más eficazmente que México. Y es que está muy bien que las exportaciones de México crezcan velozmente, pero estaría mejor que el PIB del país creciera aceleradamente cuando sus exportaciones crecen rápidamente. A fin de cuentas, los acuerdos comerciales no son un fin en sí mismos, sino un medio para un fin. Cuando se cerraron las negociaciones del TLCAN, el entonces presidente Carlos Salinas declaró que: "El tratado es un camino para crecer más rápido, para generar los empleos que demanda nuestra población y para elevar los salarios de los trabajadores... En palabras sencillas, podremos crecer más rápido y entonces concentrar mejor nuestra atención para beneficiar a quienes menos tienen". 

Se esperaba que el acuerdo comercial impulsara un crecimiento sostenido del PIB superior a 5% anual y encaminara a México, por fin, hacia el primer mundo. Sin embargo, aunque el libre comercio sí generó beneficios importantes —sobre todo en sectores como el automotriz y en regiones del norte y centro-norte—, más de tres décadas después las expectativas originales siguen sin cumplirse. Apostamos demasiado a una sola carta y no bastó, no porque fuera una mala carta, sino porque implícitamente asumimos que resolvería por sí sola todo lo demás. No ocurrió así. Entre las tareas que siguen pendientes de implementarse adecuadamente están:

  1. Una activa y bien calibrada política industrial y de transferencia tecnológica e innovación.
  2. Fortalecimiento de la infraestructura y las capacidades logísticas.
  3. Una reforma fiscal profunda que corrija la limitada capacidad recaudatoria, así como la enorme ineficiencia del gasto.
  4. Superar el estancamiento en la calidad educativa y lograr capacidades técnicas avanzadas.
  5. Fortalecer la calidad de la impartición de justicia, reducir la inseguridad y mejorar la calidad del servicio público.
  6. Maximizar el impacto de la banca de desarrollo.
  7. Lograr una creciente formalización del empleo y de la inversión.

El T-MEC es una entre varias fuentes de certeza y competitividad de la economía mexicana. Su lamentable debilitamiento pone al descubierto todo lo demás que debió hacerse y no se hizo, así como el alto costo de oportunidad del deterioro institucional de los últimos años. Es tiempo de ponerse serios y enderezar el rumbo.

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