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Líbano e Israel: ¿el inicio del camino hacia la paz o una tregua con fecha de caducidad?

Durante décadas, la frontera entre Israel y Líbano ha sido una de las zonas más militarizadas y conflictivas de Medio Oriente. Allí se han librado guerras, ocurrido ocupaciones y ataques de milicias que transformaron al sur libanés en un frente permanente de confrontación. La presencia palestina armada durante la guerra civil libanesa, la intervención de Siria y, posteriormente, la expansión de Hezbolá como un brazo armado de Irán modificaron profundamente el equilibrio interno del Líbano y su relación con Israel. El acuerdo marco firmado a finales de junio con mediación del presidente Donald Trump abre una posibilidad que durante años parecía bloqueada: convertir una relación marcada por la hostilidad en un proceso político hacia la estabilidad y una eventual normalización.

El acuerdo busca resolver el problema que ha bloqueado cualquier avance durante décadas: el control de las armas dentro del Líbano. Plantea que el Ejército libanés recupere la autoridad efectiva sobre el territorio, especialmente en el sur del país, y que ninguna organización armada conserve capacidad militar independiente. El mensaje apunta directamente a Hezbolá, una fuerza que ha operado durante años como un Estado dentro del Estado, con una estructura política, una red social propia y una capacidad militar autónoma frente a las instituciones libanesas.

La dificultad de este objetivo solo se entiende desde la historia. La confrontación entre Israel y Líbano nunca fue únicamente bilateral. En los años 70, la Organización para la Liberación de Palestina utilizó el sur libanés como plataforma de ataques contra Israel, contribuyendo a la militarización de la frontera y a la invasión israelí de 1982. La guerra civil libanesa, la influencia siria y el ascenso de Hezbolá alteraron profundamente el equilibrio interno, debilitando la capacidad del Estado libanés para ejercer autoridad plena sobre su territorio. Aunque Israel retiró sus fuerzas en 2000, la frontera continuó marcada por enfrentamientos continuos y una lógica permanente de disuasión militar.

El momento en que surge este acuerdo responde a dinámicas que exceden la frontera bilateral. Hezbolá se consolidó como un actor armado central en la estrategia regional de Irán en el Levante, con capacidad militar propia y proyección más allá del Líbano. Para Israel, reducir esa amenaza luego del debilitamiento de Irán es clave para evitar una nueva guerra en su frontera norte. Para Washington, el acuerdo representa una oportunidad de contener la influencia iraní y reforzar a un Estado libanés debilitado por una crisis política y económica prolongada.

El desafío comienza después de la firma. Hezbolá ya ha rechazado el acuerdo al considerar que limita su capacidad de acción. El grupo mantiene una base política, estructura armada e influencia territorial suficiente para resistir su implementación. La viabilidad del proceso dependerá de si el gobierno libanés logra convertir los compromisos en control efectivo del territorio y de si se concreta el respaldo económico y militar previsto para fortalecer sus instituciones.

¿Puede este acuerdo convertirse en un tratado de paz y reconocimiento pleno entre Israel y Líbano? Es posible, pero todavía es lejano. El reconocimiento formal de Israel sigue siendo políticamente difícil dentro del Líbano. La oportunidad existe porque el contexto regional ha cambiado, pero la experiencia de Medio Oriente muestra que los acuerdos sólo sobreviven cuando alteran las relaciones de poder que los originaron.

El resultado final no se definirá en la firma, sino en una pregunta estructural: si el Estado libanés puede recuperar el monopolio de la fuerza. Si lo logra, podría abrirse una nueva etapa. Si no, este acuerdo será otra pausa en un conflicto que nunca terminó de resolverse.

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