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México-España: el conflicto innecesario

En su introducción al libro Quetzalcóatl y Guadalupe, Jacques Lafaye se pregunta, a partir de la experiencia de los pieds noirs, colonos franceses en Argelia, por qué ellos no pudieron hacer lo que los criollos latinoamericanos, es decir, mantenerse en ese territorio como élite dominante, o por lo menos como ciudadanos igual que los locales, al momento de la independencia de este país. Con esta pregunta, por lo menos a mí me hizo notar un punto relevante de nuestra historia: quienes llevaron a cabo la independencia fueron uno que otro español a los que no les gustó el giro de los acontecimientos políticos en la península ibérica, pero sobre todo criollos y mestizos. Pero los indígenas no recuperaron el poder en sus tierras. Y no fueron mejor tratados que antes por los nuevos gobernantes, conservadores o liberales, deseosos todos de incorporarlos a las costumbres y cultura occidental. Ni Santa Anna ni Juárez fueron mejores en ese aspecto.

El punto viene al caso a propósito del restablecimiento de buenas relaciones entre México y España, enfriadas durante siete años por la ignorancia, torpeza y manejo ideológico de la relación diplomática por parte del gobierno de la 4T. Digo ignorancia, porque cualquier historiador de México serio sabe que la corona española fue probablemente la que, durante todo el periodo virreinal (no colonial, porque nunca fuimos una colonia, sino un virreinato), más defendió a los indígenas frente a la codicia y abusos de muchos conquistadores y sus herederos, ávidos de explotar la mano de obra y los recursos locales. Una buena parte de los códices existentes en México constituían elementos que los pueblos y comunidades indígenas elaboraban, precisamente para defender sus derechos y lo hacían, en más de una ocasión exitosamente, gracias a que la corona les daba la razón. La corona, de hecho, por intereses propios y temor a las posibles intenciones separatistas (que existieron), muy pocos años después de la Conquista de Tenochtitlán, se apuró en enviar todo un aparato burocrático que impuso un cierto control sobre los abusos de los conquistadores, con oidores, fiscales, obispos, virreyes y toda clase de funcionarios que protegían los intereses del emperador, pero también de sus súbditos. También digo torpeza, porque cualquier diplomático sabe (y lo digo desde mi humilde trayectoria como internacionalista y experiencia en la Secretaría de Relaciones Exteriores, tanto en México como en el extranjero), el objetivo de las relaciones no es el de tener conflictos, sino el de evitarlos y más bien tener una buena relación, incluso con aquellos gobiernos que son absolutamente contrarios a nuestra cultura y convicciones. Y digo manejo ideológico, porque pretender basar nuestra política exterior en una visión desinformada, parcial y maniqueísta de la historia solo conduce a entorpecer las buenas relaciones, particularmente entre pueblos que son hermanos. Afortunadamente, la gente de México y España, en general, está por encima de las veleidades de algunos gobiernos y mantuvo su amistad.

No entro en el debate de por qué los criollos pudieron convertirse en la élite dominante después de la Independencia, en la cultura común, en la lengua, en los lazos históricos entre España y lo que fue la joya de la corona (Nueva España) durante toda su etapa imperial y de lo mucho que todavía nos une o nos separa. Celebro únicamente que, a pesar de haber reiterado inicialmente la torpeza del gobierno anterior, la presidenta Sheinbaum haya decidido aprovechar la oportunidad para darle la vuelta a esta página ridícula y vergonzosa de nuestra política exterior y de nuestra historia.

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