Hace unos años, en una comida con varios amigos, un judío y los demás católicos, en su gran mayoría de clase media alta, les pregunté si creían en Dios. Todos me dijeron que sí. Luego les pregunté en qué tipo de Dios creían. Nadie me dijo que creía en un Dios que había venido a redimir nuestros pecados, muriendo en la cruz. O sea, aunque casi todos formalmente afiliados a la Iglesia católica, con un credo específico que se repite todos los domingos, ninguno de ellos repetía la historia de Jesús de Nazaret como el Cristo salvador. Todos hablaron de un Dios etéreo, cósmico, de una gran energía universal, etc.
Las respuestas no me sorprendieron. Según encuestas importantes, como la del Pew Research Center, realizada hace dos años, 94 por ciento de los mexicanos cree en Dios. Sin embargo, esas encuestas no profundizan en qué tipo de Dios la gente cree. Lo que estamos viendo entonces es que los mexicanos, como en general los latinoamericanos, se están alejando crecientemente de sus instituciones religiosas y engrosando lo que en los censos y encuestas aparece como los “sin religión”, “no creyentes”, “agnósticos”, “ateos” o “desafiliados”. No son lo mismo, pero en buena medida marcan una tendencia importante que los funcionarios públicos, dueños de empresas, líderes sociales y políticos en general deberían observar con atención.
La encuesta señalada, hecha pública hace apenas unos meses, comprueba una tendencia importante en materia de afiliación religiosa en México: el porcentaje de católicos mexicanos habría descendido 14 por ciento entre 2014 (cuando el centro de investigaciones PEW realizó una primera encuesta de este tipo en América Latina) y 2024. Lo que significaría que el porcentaje de católicos mexicanos habría disminuido de 81 a 67 por ciento. No es un fenómeno extraño en el resto de la región latinoamericana. De hecho, hay países con porcentajes más bajos. El número de católicos, con todo y papa Francisco, disminuyó en Argentina de 71 a 58 por ciento; en Colombia, de 79 a 60 por ciento; en Chile, de 64 a 46 por ciento, y en Brasil, de 61 a 46 por ciento. En suma, la gente puede seguir creyendo en Dios, pero ciertamente no se siente cercana o parte de la institución religiosa que hasta ahora había prácticamente monopolizado la idea del mismo. Esoterismo, espiritualismo y otras formas de búsqueda de bienestar material y espiritual, han sustituido este relato.
Lo interesante, entre otras cosas, es que la mayor parte de estos desafiliados, por lo menos en tiempos recientes, ya no engrosan tanto las filas del protestantismo evangélico o pentecostalismo, sino que se suman a una nueva masa de “creyentes” y “no creyentes”, que ya no se identifican con la doctrina o con las prácticas de la iglesia mayoritaria o de las minoritarias. Según la encuesta en cuestión, en México habría ya 20 por ciento de la población adulta que se declararía “sin afiliación religiosa”. Eso significaría que en la década entre 2014 y 2024, la población protestante se habría mantenido estable en 9 por ciento, mientras que los no afiliados habrían pasado de 7 a 20 por ciento, es decir un aumento de 13 puntos. Eso quiere decir que millones de mexicanos abandonaron sus iglesias. El asunto podría ser irrelevante, pero se vuelve crucial, por ejemplo, cuando se trata de legislar o generar políticas públicas sobre temas en los que la moral pública ha sido dominada por estas instituciones religiosas. Luego entonces, todo mundo tendría que tomar nota de estos cambios.
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