Debo de admitir, para empezar, que no me gustan los nacionalismos: ni el español, ni el catalán, ni el francés, ni el estadounidense, ni el mexicano, ni cualquier otro. Si acaso, entiendo los nacionalismos defensivos, cuando los habitantes de algún territorio determinado, con una lengua y costumbres específicas, sienten que su cultura será barrida por un enemigo o por una potencia dominante. Pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, los nacionalismos suelen ser aislacionistas, discriminadores o agresivos frente al resto del mundo. Y eso es lo contrario de un mundo sin fronteras, abierto a las migraciones, a los que son diferentes, a aceptar que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos. Los nacionalismos son la causa de buena parte de las guerras de los últimos siglos, desde las napoleónicas, hasta las actuales. Por eso, admito también que, aunque disfruto ver a México ganar sus partidos, veo con desconfianza el furor nacionalista que el futbol desencadena entre la gente: el manejo de los himnos, de las banderas, de los colores, para distinguir, para generar rivalidades, para depositar en unos jugadores o en unos partidos nuestras esperanzas de superación nacional o, peor aún, de redención. El caso de Argentina es paradigmático en ese sentido.
Tampoco me gusta la mezcla religiosa con la futbolística. Se supone que la FIFA es un organismo secular y que están prohibidas las manifestaciones religiosas en la cancha. Así lo estableció ese organismo desde hace años. A pesar de ello, seguimos viendo (porque las cámaras los enfocan) a jugadores que se ponen a rezar en medio del campo, después de anotar un gol o de ganar un partido. Como si Dios, su Dios o sus dioses estuvieran apostando por una nación determinada o quisieran bendecir a algún jugador en particular, por encima de todos los demás. Por suerte, debido a las restricciones existentes, esto no se ha convertido en una lucha de dioses ligados a naciones, porque no sé de que parte se pondría el Dios cristiano, o a cuál equipo favorecería el de los musulmanes, o cualquiera de las divinidades budistas o sintoístas. Parafraseando a Einstein, no veo a Dios jugando a los dados, como tampoco interviniendo en partidos locales o campeonatos mundiales. Sin embargo, la gente, los jugadores y el público, se empeñan en creerlo. La fe se deposita en lo que sea, precisamente porque es fe.
Quizás el problema es que la religión y los nacionalismos están atados históricamente. Los especialistas coinciden en que la época de los Estados-nación comenzó con los Tratados de Westfalia, en 1648, mismos que terminaron con las guerras de religión, que ya habían durado más de 100 años. Todas las viejas y nuevas naciones allí firmantes aceptaron el principio que cada reino, principado o república podía tener la religión de su preferencia y ello llevó eventualmente a que también se aceptara que en un mismo territorio podían convivir personas con distintas creencias. Entonces, lo que terminó sustituyendo el deseo de unidad y de identidad fue el nacionalismo. Y así comenzaron las guerras entre las naciones, sustituyendo a las guerras religiosas, aunque es claro que las motivaciones detrás de ellas solían ser más económicas o de poder.
Pudiera ser, sin embargo, que las actuales rivalidades futbolísticas no sean más que una desnaturalización del conflicto: que no generen guerras (aunque las ha habido), sino que las transformen en enfrentamientos sin sangre y sin violencia (o no mucha). Si ese el caso, pues bienvenido el Mundial con sus nacionalismos inherentes.
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