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Información para decidir con libertad

La insana vorágine de la velocidad

Vamos a toda velocidad. Recibimos cientos o miles de mensajes por día y contestamos en las redes sociales con una rapidez brutal y con una supuesta seguridad de nuestra respuesta. Somos “todólogos”.

Esa vertiginosa vida de los ciudadanos modernos nos sumerge en una espiral de la que es difícil salir. La tentación por contestar, por dar a conocer nuestro “punto de vista” es enorme. Si alguien en las redes descalifica nuestra opinión, los caminos son tan diversos y van desde abrir un sereno debate al respecto, hasta el intercambio de descalificaciones, apodos o insultos.

Lo que siempre ha llamado mi atención ha sido que las redes sociales no estimulan, premian o incentivan al mesurado, al templado, al que busca el acuerdo. Todo lo contrario. Se premia la estridencia, salen a relucir toda una baraja de insultos, de descalificación y de mofa.

Los improperios vertidos en las redes sociales son fruto de la cobardía resultante del “anonimato”, desde el cual se pueden afectar prestigios, atentar contra el honor de las personas, vulnerar y destrozar el buen nombre de alguien. Y la sociedad moderna de hoy ve eso como “lo normal”, como “lo cotidiano”, el “todo se vale”.

Y si los ciudadanos vamos desbocados en las redes sociales, insultando y descalificando por doquier, los políticos y gobiernos, las instituciones públicas y los partidos políticos son incapaces de tener mesura. Al revés. Creen enfermizamente que el silencio es imperdonable, que tienen que ser vistos y escuchados en todo tiempo, forma y circunstancia. Esa incontinencia oral de la clase política ha sido el peor cáncer para la democracia, dado que cualquier régimen democrático requiere mesura, diálogo, acuerdo.

Quise hacer esta reflexión porque hoy vemos cómo muchos políticos han construido un “camino sin regreso” en el cual el diálogo nacional o internacional está contaminado del “todo o nada” y donde el insulto de mañana deberá ser más agresivo que el de hoy. Además de ello, me preocupa que la velocidad de los debates produce una rauda y errática aceptación de muchos aspectos importantes de los ciudadanos. Estamos normalizando muchas barbaridades que deberían ser inaceptables en las sociedades democráticas.

Y así se van construyendo “carreras de relevos temáticas”, en los cuales el debate ríspido de hoy, desaparecerá mañana siendo sustituido por otro tema “inaplazable”.

Gran parte del problema está en los asesores políticos, que recomiendan a sus asesorados ir por más, nunca por menos. La virulencia verbal de Trump y su insultante estilo ya lo posiciona como el vulgar bravucón del barrio. Pedro Sánchez, mandatario español, pasa hoy sus peores momentos porque la corrupción al interior de su partido y los procesos judiciales que enfrenta ya le retratan como un mitómano de tiempo completo y un personaje que padece incontinencia oral aguda. Claudia Sheinbaum realiza todos los días un patético espectáculo del cual, permanentemente, tiene que estar corrigiendo su dicho. Miente como respira. Y estos personajes y muchos más saben “hablar sin medida”, pero no saben callar. No saben guardar un muy recomendable silencio. Tres buenos ejemplos de que les vendría muy bien guardar silencio. El mundo necesita mesura, silencio, temple, tiempos para pensar, tiempos para corregir. Sería genial.

Tengo confianza en el futuro, pero tengo claro que estamos en una modernidad a la que hay que ponerle contrapesos, filtros y revisiones periódicas para comprobar el rumbo, el horizonte. No podemos ir a ciegas ni con rumbos impuestos. Requerimos información clara, verificable, sin adjetivos.

Ojalá seamos capaces de abrir debates duros (que no quiere decir violentos), serenos y claros. Ese es el reclamo de una sociedad global que quiere vivir en armonía. Ojalá…

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