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El príncipe y el veneno: la DEA en Nuevo México

El fentanilo cabalga sobre el cálculo gélido de los despachos estatales. La reciente revelación de Associated Press sobre la DEA en Nuevo México es la radiografía de una impostura perversa: ese Leviatán que jura proteger y que, en silencio, abre la puerta al veneno. Permitir el tránsito de millones de pastillas letales para armar un caso mayúsculo no es justicia, es la mimetización del Estado con la barbarie.

Ahí, en esa pasividad cómplice que costó vidas americanas, late la vigencia implacable de Nicolás Maquiavelo en El príncipe. Para el florentino, el poder es un animal de dos naturalezas: la ley del hombre y la astucia del zorro (El príncipe, Cap. XVIII). Al reescribir en secreto sus protocolos de contención para tolerar el veneno en las calles, el gobierno estadounidense abandonó la primera y abrazó la segunda. La razón de Estado devoró la moral civil. Se justificó la crueldad presente en aras de una seguridad futura que siempre resulta quimérica. El ciudadano devino en peón sacrificable dentro de un tablero ajeno.

Pero el juego es más amplio y terrible. En el siglo XXI, las potencias ya no dirimen sus conflictos en campos de batalla abiertos; desgastan al adversario en las zonas grises de la legalidad. El fentanilo es el arma asimétrica perfecta: barata, corrosiva, letal. Fluye desde los laboratorios de Asia, se procesa en el suelo mexicano y satura las venas de Occidente, minando su salud, su economía y su tejido social sin disparar un solo proyectil convencional. La llaman “guerra híbrida”.

La tragedia contemporánea radica en que, al intentar contener esta marea, las agencias de seguridad occidentales han adoptado las artes de su enemigo. Al consentir la distribución del tóxico para trazar el mapa del cártel, el Leviatán se vuelve parte del engranaje que jura combatir. La línea entre la defensa estratégica y la complicidad táctica se ha diluido en el fango de la geopolítica. El agente especial de la DEA David Howell habla sobre lo ocurrido en Albuquerque: "Envenenamos a nuestra comunidad para armar casos [...] de manera intencional decidimos no saber qué pasaba con la droga, pero definitivamente terminamos matando gente".

Maquiavelo sonríe en la sombra.

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