El South China Morning Post, que nada más llega a 35 millones de lectores cada mes, informó (14-06-2026) que las universidades chinas están haciendo una profunda reforma de su oferta académica para alinear mejor la educación superior con los objetivos de desarrollo de un país que quiere ser líder global en industrias Hi-Tech y mitigar la grave crisis de desempleo (16%) entre graduados. Eliminaron 12 mil 200 programas (en artes, humanidades, derecho, administración pública, diseño, etc.) y reemplazados por 10 mil nuevos estructurados en torno a la IA.
¿Hay que poner las barbas a remojar? Veamos.
La oferta de educación superior se ha incrementado de manera sostenida. Hay 33 millones de estudiantes en América Latina y 5.5 millones en México. Esto significa una tasa bruta de matrícula de 45% en México lo cual supone, según la evidencia de Martin Trow, que estamos relativamente cerca de la práctica universalización de este nivel educativo (50%).
Pero una cosa es crecer y otra ir en la dirección correcta. Por distintas razones que van desde la automatización y la especialización de procesos hasta el tránsito de la manufactura a la mentefactura, el mundo laboral ha cambiado drásticamente y, con ello, la naturaleza y las posibilidades de inserción de los egresados universitarios en el mundo del empleo y del emprendimiento, así como las modalidades y contenidos del aprendizaje a lo largo de la vida. La tendencia a disponer de habilidades y competencias más sofisticadas y donde crece una “clase emergente de personas capacitadas para ejercerlas”, como dice Lynda Gratton, llegó para quedarse.
Cualquiera que visite las modernas y refinadas plantas en clústeres como el automotriz, digital, agroindustrial o tecnológico en varios estados del centro y norte mexicanos tendrá claro que son fiel reflejo de las complejidades (y las desconexiones) en la economía y el empleo. Y aquí es donde el vehículo empieza a toser.
El gobierno mexicano pretende abrir más de un millón de nuevos espacios en la educación superior en 2030, es decir, 170 mil nuevos lugares anuales. En las actuales condiciones tan críticas y frágiles de las finanzas públicas esta meta es imposible. Pero supongamos que Dios existe y de pronto hay el dinero para ello ¿habrá una reforma estilo chino para que los egresados aprendan, emprendan, tengan empleo y, en suma, una trayectoria personal y profesional decente?
Por un lado, 45 por ciento de la matrícula mexicana está concentrada en 10 carreras, de las cuales unas 6 o 7 son ya “obsoletas” (tan solo derecho, la más socorrida, tiene 387 mil estudiantes) y, para el resto, los aspirantes no poseen las habilidades, competencias y destrezas necesarias para ingresar y permanecer. Por otro, el efecto es que el desempleo por nivel de instrucción (ENOE-INEGI) oscila en 2026 en torno a las 455 mil personas con educación superior.
El siguiente problema es que la tasa de retorno de la educación superior todavía es atractiva pero descendiente. Los ingresos trimestrales promedio (ENIGH-INEGI) para personas con educación superior completa o incompleta eran de 49 mil 802 pesos en 2016 y en 2024 apenas de 51 mil 709; y para personas con posgrado se fueron de 137 mil a 95 mil pesos, ocho años más tarde. Peor aún: 67% de los empleadores en México reporta dificultades para cubrir vacantes debido a falta de talento calificado.
Seamos realistas: es urgente enterrar la autocomplacencia, pausar el crecimiento sin ton ni son de la oferta de educación superior para abrir espacio a una profunda, rigurosa y sincera reflexión sobre el problema y evitar que el paso por la universidad no termine siendo una estafa.
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