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La "opinión" presidencial

La doxa es, como se sabe, un término griego que significa “opinión” o “creencia”. Entre los filósofos antiguos venía a ser el punto de vista ordinario y subjetivo, lo contrario de la verdad absoluta. Para Platón era el grado más bajo del conocimiento. Como se basa en las primeras impresiones del mundo sensible y físico, la doxa no alcanza a tener el nivel de un saber científico, fundado en la razón.

Me imagino que esto lo comprende perfectamente nuestra presidenta quien es además científica, independientemente de la profunda fe ideológica que la anima. Sin embargo, me llama la atención la forma en que separa su “opinión”, digamos personal, de la que emite como presidenta de la República. Nos presenta un truco demasiado pedestre: “Cuando digo ‘no vean una televisora’ pues es una opinión, pero no estoy ejerciendo el poder del Estado para censurar a una televisora”.

Eso hace suponer que un día de estos, cariacontecida –aunque pretendidamente alegre y relajada– podría plantear en su conferencia matutina que deberían ir a la cárcel todos los periodistas “corruptos”, “conservadores” o “enemigos de la 4T”, y luego –al día siguiente– justificarse con el mismo argumento de que fue sólo una “opinión”.

O sea que una cosa es lo que dice la ciudadana Sheinbaum y otra lo que dice la presidenta, lo que también nos puede conducir a la monstruosa dualidad de una especie de Doctora Sheinbaum y Mrs. Hyde.

Viviríamos un infierno (uno más) si todos los políticos y mandatarios del mundo pretendieran que una cosa es su “opinión” y otra lo que dicen en su calidad de personajes de Estado. Nunca sabríamos, por ejemplo, si Trump declara una guerra a título personal o como presidente de EU.

Siempre reiterando que se trató de una mera “opinión”, la presidenta Sheinmbaum enfatizó: “…pero no estoy censurando como Presidenta de la República a nadie”. ¿Debemos entender, pues, que tal vez Claudia Sheinbaum tuvo esa “opinión” (censora, sin duda), pero la Jefa del Ejecutivo no?

De cualquier forma, para demostrar que sus adversarios entienden mal a Claudia, la presidente expone: “Fíjense, dicen que no hay libertad de expresión, hay tanta libertad de expresión que desde una televisora se ataca permanentemente al gobierno incluso con mentiras y cada vez son más mentiras. ¿Qué tenemos nosotros? El derecho de réplica”.

La jefa del ejecutivo ya debería saber a estas alturas que su opinión no es equivalente a la de cualquier ciudadano, puesto que representa un poder, el presidencial, que en México es ya prácticamente omnímodo, como lo fue durante muchas décadas bajo el PRI. Su “opinión” no puede ser inocua, ni tampoco una más.

Por consiguiente, el “derecho de réplica” que argumenta (victimizándose) tampoco puede ser el mismo que ejerce un ciudadano; menos aún desde la cúspide de un poder que ha puesto a los medios públicos al servicio de su partido, y que a diario chantajea, amenaza y presiona a los medios que no se han rendido ante el mensaje de la “transformación”. Por lo demás, toca al poder democrático –pero claro, este no lo es– autocontenerse, reconocer sus límites y no equipararse jamás con los derechos y libertades del ciudadano de a pie.

En todo el mundo los dichos y gestos de un presidente siempre cuentan y mucho, pero en un país donde el poder del jefe del Ejecutivo es absoluto con mayor razón. Así que la presidenta no debería decir que tiene una simple “opinión”; tiene, y eso es lo alarmante, una clara convicción: los mexicanos no deberían ver, escuchar o leer a los medios incómodos y críticos con su gobierno. Y ese es su verdadero talante autoritario, que se hace más patente conforme mayor es la presión de la realidad y las circunstancias con las que no sabe cómo lidiar.

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