Aunque la propaganda oficial intentó establecer –exitosamente, en un principio– que que con la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia llegaron “todas”, a estas alturas del gobierno morenista hay unas 4 mil 700 que cuando mucho llegaron a la tumba, pues fueron asesinadas, y otras 4 mil 500 de las que no sabemos ni siquiera si llegaron a alguna parte, porque se hallan desparecidas.
Entre el caso de la periodista Roxana Guzmán, secuestrada el pasado 2 de junio en Nanchital, Veracruz, por policías a sueldo del crimen organizado, y el de María Felicia Jiménez, golpeada brutalmente por Víctor Rodríguez Padilla, exdirector de Pemex, hay muchas diferencias, claro está, pero ambos casos dan cuenta –y de modo videográfico, además– de la violencia que persigue a las mujeres mexicanas en distintos niveles.
En lo que va de 2026, Amnistía Internacional ha documentado el asesinato de 5 personas defensoras de derechos humanos y madres buscadoras. El más reciente caso es el de Patricia Negrete Tafoya, quien buscaba a su hermana, desparecida desde 2021; fue asesinada en el municipio de Pénjamo, Guanajuato.
En mayo de 2026 Patricia Acosta y Katia Citlali, madre e hija, integrantes del colectivo Salamanca Unidos Buscando Desaparecidos en Guanajuato, fueron asesinadas. Un año antes, ambas habían logrado localizar el cuerpo de su hijo y hermano en una fosa clandestina.
Dos meses atrás, en marzo, Rubí Patricia Gómez, madre buscadora del estado de Sinaloa, fue ejecutada mientras realizaba precisamente las labores de rastreo e investigación del paradero de su hijo desaparecido, algo que en México tienen que llevar a cabo los familiares dada la incapacidad, negligencia –y muchas veces complicidad– de las autoridades.
¿Puede haber algo más infame que asesinar a quienes simplemente buscan a sus familiares desaparecidos?
De la inmensa mayoría de casos no se cuenta con un video que relate por sí mismo la violencia contra las mujeres. Pero el hecho es que en nuestro país las cosas han llegado a un nivel de terror que, sin embargo, no perturba mayormente ni a la presidenta ni a las gobernadoras de su partido.
Esta violencia en su conjunto representa una de nuestras mayores vergüenzas nacionales. Y va desde los manoseos, acoso o agresiones en la calle o en el trabajo, hasta el secuestro, desparición o asesinato, pasando por las golpizas y maltratos diarios que sufren muchísimas mujeres. No equiparo arbitrariamente estas realidades. Digo que en conjunto dan forma a la violencia contra las mujeres en México.
El partido en el poder ha fracasado en la atención a este problema, no sólo por su incapacidad para hacerlo, sino porque en sus propias filas ha protegido a violadores y acosadores como Félix Salgado Macedonio o Cuauhtémoc Blanco, que son los más conocidos, pero que representan, sin duda, a muchos otros que conviven diaria y despreocupadamente con las funcionarias y compañeras de partido, que cuando no se encargan de defenderlos coreando “¡No estás solo!” siguen reproduciendo la insolente ficción de que “llegamos todas”.
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