A últimas fechas ha habido un renovado interés por acelerar el crecimiento de la economía mexicana. El gobierno ha lanzado distintas iniciativas en torno al Plan México, con las que busca encontrar e implementar fórmulas para detonar un mayor dinamismo económico. Sin embargo, las cifras más recientes del PIB, que creció apenas 0.4% a tasa anual en el primer trimestre de 2026, sugieren que queda mucho trecho por recorrer. En la discusión sobre el tema se ha destacado de manera muy especial la atonía de la inversión (formadora de capital, como maquinaria, equipo e infraestructura) y el pobre dinamismo del empleo (que refleja el flujo de trabajo humano en el proceso productivo), como indicadores de que la capacidad de crecimiento de la economía sigue muy acotada. Sin embargo, se ha hablado menos de la necesidad de mejorar la eficiencia general del aparato económico.
Esto es importante en el sentido de que el crecimiento del PIB se puede entender como el resultado de la suma de tres elementos: 1) la aportación del capital, 2) la aportación del trabajo y 3) la aportación de la eficiencia conjunta con la que el trabajo y el capital son utilizados en la economía. Hablamos entonces de que podemos hacer una contabilidad del crecimiento que nos permita saber cuánto del crecimiento observado en el PIB corresponde a cada una de esas fuentes, y eso es precisamente lo que nos aporta el modelo KLEMS del INEGI.
Así, si consideramos el periodo que va de 1991 a 2024, vemos que el PIB creció en promedio 1.2% anual, con una contribución de 1.5% del capital y de 0.2% del trabajo. En conjunto, ambos factores aportaron 1.7%. Conviene destacar que el hecho de que esa cifra supere al crecimiento del PIB sólo puede explicarse por una caída en la eficiencia con que se usan los factores productivos. Si esa eficiencia se hubiera mantenido sin cambio, la economía habría crecido 1.7% y no 1.2%. La diferencia, de 0.5 puntos porcentuales, muestra cuánto crecimiento se perdió en promedio por año a causa de ese deterioro.
Entonces, el bajo crecimiento de la economía mexicana se explica porque la inversión y el empleo no crecen lo suficiente, pero también porque cada vez se les está usando de manera menos eficiente. La diferencia entre el crecimiento del PIB y el de los servicios de capital y trabajo se conoce como Productividad Factorial Total (PFT). En el largo plazo, la PFT no sólo no debería disminuir, sino que tendría que ser el principal motor del crecimiento económico.
Para lograrlo, más allá de alcanzar la ansiada aceleración de la inversión y del empleo productivo, el aparato de la economía mexicana debe incorporar de manera generalizada tecnologías más avanzadas para acercarse gradualmente al estado del arte mundial. Pero su adopción masiva exige una fuerza laboral más sana y mejor educada (especialmente en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). También se necesita una mejor gestión empresarial (“eficiencia X”), más capacidades de investigación y desarrollo, una mayor vinculación entre el sistema educativo y el sector productivo, y una transferencia más efectiva de habilidades y tecnología desde la inversión extranjera hacia las empresas nacionales. A ello debe sumarse una asignación más eficiente de recursos que permita sacar de la informalidad a los enormes volúmenes de trabajo y de capital que hoy operan dentro de ella, reduciendo la eficiencia promedio. Todo esto requiere, además, instituciones predecibles, reglas claras, un sistema de justicia confiable y una orientación incluyente hacia el bien común, en lugar de privilegios para grupos económicos o políticos particulares. Otros países ya lo han conseguido y México también podría hacerlo.
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