Recientemente, el Financial Times (How Mexico became a surprise cornerstone of America’s AI boom) documentó que México provee 40% de los servidores para centros de datos de inteligencia artificial que importa Estados Unidos, superando a los automóviles como su principal exportación. Taiwán pasó del octavo al tercer lugar como socio comercial mexicano en los últimos cinco años. Sus empresas han invertido más de mil 600 millones de dólares desde 2020 en plantas que aprovechan la proximidad geográfica y el acceso sin arancel al mercado estadounidense.
Víctor Gómez Ayala matizó las cifras en El Financiero: el ensamble electrónico emplea menos personas por dólar exportado que el sector automotriz y su contenido nacional apenas alcanza entre 3% y 7%, frente a 39% en autos. Una fábrica automotriz amortiza su inversión en décadas y por eso permanece; una línea de ensamble requiere menos capital fijo y puede desplazarse con relativa facilidad. Su conclusión apunta hacia la necesidad de una política industrial: sin una estrategia deliberada de contenido nacional, el capital difícilmente arraiga.
Sin embargo, cabe preguntarse ¿Por qué esta ola alcanzó, en un par de años, un tamaño que no tenía en los 22 años que Foxconn, por ejemplo, lleva ensamblando en territorio mexicano?
La respuesta está en los procesos geopolíticos.
Washington está convirtiendo la revisión del T-MEC en una herramienta para reducir la dependencia de las cadenas de suministro chinas. Para las empresas taiwanesas, ensamblar aquí es la forma más segura de reducir su exposición al conflicto entre EU y China.
Hay un factor adicional que no depende de ninguna decisión comercial. China reclama la isla como territorio propio y la posibilidad de una crisis que interrumpa la cadena sigue latente. Mientras la tensión aumente sin romper la cadena, México gana relevancia. Si un conflicto llegara a interrumpirla, México se quedaría con el riesgo. Una alteración del frágil equilibrio bastaría para cambiarlo todo.
El sector ha generado una dependencia real para la economía nacional. Se convirtió en uno de los pilares de una economía que creció apenas 0.6% el año pasado, para la que el Banco Mundial proyecta un crecimiento de 1.3% este año.
Quien decide dónde instalar la próxima planta o diseña un incentivo de proveeduría, está apostando —lo sepa o no— por una lectura del equilibrio entre China, Taiwán y Estados Unidos.
Una política industrial exige algo más que decidir qué capital atraer; debe entender de qué cadenas depende ese capital, qué ocurre si se interrumpen y cuánto valor puede arraigar en México antes de que cambien las condiciones que lo trajeron.
La variable geopolítica es parte central de la ecuación.
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