Hace poco pensé en algo que para quienes somos abogados puede pasar inadvertido: buena parte de la justicia está escrita para que la entiendan los abogados.
Sentencias de cientos de páginas, términos técnicos, referencias a artículos, jurisprudencias, incidentes, autos, recursos y procedimientos que resultan familiares para quienes hemos pasado años estudiando Derecho, pero que pueden ser completamente incomprensibles para la persona cuya vida se está decidiendo en esas páginas.
Acceder a la justicia no debería significar solamente tener derecho a presentar una demanda, contar con un abogado o acudir ante un juez, también debería significar poder entender qué está pasando.
Una persona recibe una sentencia. La abre, comienza a leerla y después de varias páginas sigue sin saber algo tan sencillo como: ¿gané o perdí?, ¿qué decidió el juez?, ¿qué va a pasar conmigo?, ¿qué tengo que hacer ahora?
Nos hemos acostumbrado tanto al lenguaje jurídico que a veces olvidamos para quién debería estar trabajando el Derecho.
La justicia no existe para los abogados, existe para las personas.
El lenguaje técnico, por supuesto, tiene una función, el Derecho necesita precisión. Hay conceptos que no pueden sustituirse sin perder significado y resoluciones que deben explicar detalladamente los argumentos jurídicos que las sostienen.
El problema comienza cuando confundimos precisión con complejidad, una sentencia no es necesariamente mejor porque sea más larga, una resolución no es más rigurosa porque utilice palabras que sólo pueden comprender quienes estudiaron Derecho.
Explicar algo de manera sencilla tampoco significa hacerlo menos serio, lo hemos comprobado trabajando con niñas y niños. Cuando promovemos acciones legales relacionadas con sus derechos, ellos no deberían convertirse simplemente en nombres dentro de un expediente, son las personas directamente involucradas y también tienen derecho a saber qué decidió un juez sobre su escuela, su salud o cualquier asunto que afecta su vida.Por eso las sentencias en formato de lectura fácil me parecen tan importantes.
Traducir una resolución a un lenguaje comprensible permite decirle a una niña, a un niño o a cualquier persona: esto fue lo que pediste, esto fue lo que analizó el juez y esto es lo que las autoridades tienen que hacer. Parece algo pequeño, no lo es.
Entender una decisión judicial también es una forma de ejercer un derecho.
He visto el efecto que puede tener cuando una resolución deja de ser un documento que solamente comprenden los abogados y se convierte en algo que las propias personas involucradas pueden leer, escuchar y hacer suyo.
Hace poco, en una escuela pública a la que acompañamos jurídicamente, desde Perteneces, la organización defensora de derechos humanos, que dirijo, una madre leyó a las niñas y niños la versión accesible de una resolución judicial relacionada con las condiciones de su plantel, había algo profundamente significativo en esa escena. Los estudiantes podían escuchar, con palabras que entendían, que tenían derechos y que una autoridad judicial había ordenado protegerlos, esto también es educación jurídica, y quizá necesitamos mucho más de ella.
Durante generaciones hemos construido una enorme distancia entre el Derecho y las personas, hablamos de expedientes, quejosos, agravios, prevenciones, vistas y términos procesales como si quienes acuden a los tribunales tuvieran la obligación de aprender nuestro idioma, tal vez deberíamos invertir la lógica.
Somos nosotros, quienes trabajamos en el sistema de justicia, quienes tenemos la obligación de aprender a explicar mejor, no se trata de eliminar el lenguaje jurídico ni de simplificar artificialmente asuntos complejos, se trata de recordar que detrás de cada expediente hay una persona esperando una respuesta.
Los jueces deberían poder explicar sus decisiones, los abogados deberíamos asegurarnos de que nuestros clientes entiendan lo que está ocurriendo, las instituciones tendrían que construir procedimientos más claros y accesibles.
Porque una justicia que no puede entenderse, excluye.
Podemos tener tribunales abiertos, reconocer derechos y dictar grandes sentencias, pero si las personas necesitan un traductor para comprender qué decidió el Estado sobre sus propias vidas, todavía tenemos una tarea pendiente.
El Derecho puede ser complejo, la justicia no debería ser incomprensible.
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