...

Información para decidir con libertad

POESÍA: La nieve y el ardor: tres poetas japoneses

Jorge Mejía Rivero

Años atrás, al escuchar una ponencia, tomé por descubrimiento algo evidente: a finales del siglo XIX, Japón pasó por procesos similares a los nuestros durante el desarrollo de su literatura. Me sorprendió saber que aquel país asiático, durante siglos recluido entre sus islas, tuvo lo que podríamos llamar su modernismo: el Shintaishi. Al igual que en América, recorrieron en menos de 30 años lo que en Europa requirió una centuria: romanticismo, parnasianismo, simbolismo, etc. El resultado de este proceso fueron poemas de marcada influencia simbolista y un lenguaje que, de manera intraducible, enrarece su propio idioma. Esto es obvio si se considera cómo Sōseki, contemporáneo exacto, aun en la muerte de Darío, renovó y estableció un canon en la narrativa de Japón, que a la larga tendría gran popularidad en occidente, al adoptar modelos como Dickens o Zola. Sin embargo, nuestra perspectiva sobre la poesía japonesa, acaso por el deslumbramiento que significó encontrarla, suele limitarse al haiku, el tanka y quizá el renga, cuando hace mucho que la poesía en Japón se escribe de otra forma.

La nieve y el ardor (Fe de Ratas, 2026) reúne a tres autores japoneses cuya obra, a la manera de nuestros modernistas, establece un vínculo entre la estética local y la supuesta universalidad. No son ellos, me parece, quienes comienzan este proceso, pero sí quienes lo consuman. Tachihara Michizou (1914-1939), Miyoshi Tatsuji (1900-1964) y, acaso el más conocido de los tres, Miyazawa Kenji (1896-1933), forman la tríada de poetas integrantes de esta antología. Los poemas de estos autores, reflejos de la política de un país escindido entre la modernización y la preservación de su cultura, exploran distintas dimensiones de la creación, unas más cercanas a su propia tradición y otras directamente ligadas a una estética extranjera.

Tachihara Michizou es el más ligado a una estética occidental. Desde su presentación visual, impecable, es evidente que pretende acercarse a la forma del soneto, como antes hizo Ariake Kambara. La intensa exploración del yo, exaltada quizá por la vida breve de su autor, se adentra en espacios de melancolía y de ella logra rescatar gestos, inaccesibles imágenes de la memoria y el sueño que, al chocar con la realidad, muestran la paradójica ilusión de un yo:

Pisando su compás solitario
come en silencio la cabra el pasto.
¡Cuán bello alimento ha de ser,
y más que el nuestro, su verde sustento!

Sin embargo, mi hambre
no ha de alcanzar esto.
Mi corazón tiembla con mayor abandono
por los errores y falsedades en las que caí.

¡Veamos el color del cielo que se refleja
en la pupila de la sosegada bestia!

―¿Qué hay en mí?
―¿Qué hay en mí?

Ah, pisando su compás solitario
come en silencio la cabra el pasto.

Miyazawa Kenji, que cuenta con algunas traducciones al español, busca un punto medio entre las estéticas locales y occidentales, pero también entre la espiritualidad y la ciencia, el yo y la colectividad. Desconocido por completo en vida y partidario del socialismo utópico, se debe resaltar que la base de su obra es profundamente budista (aun cuando se haya acercado al cristianismo), quizá como una respuesta ante el dolor personal por la muerte de su hermana y la miseria y hambruna del sector rural. Esta actitud termina por penetrar su poesía al vincular la experiencia del yo con el mundo natural. Kenji no borra la existencia de un yo, que en ocasiones suscita textos de personal hondura, como los que escribió en las entradas de su diario. Sin embargo, no le interesa indagar dentro de la idea de un yo, sino dentro de la naturaleza, y el punto de comunión entre ambas se encuentra en la potencia de sus imágenes.

En este inmenso bosque de cipreses
desde cada una de las negras ramas
los pedazos de varias partes del cielo
tiemblan y respiran de diferente modo,
es decir, envían el catálogo de luz
de las diferentes edades.
[…] 
Ah, el viento que sopla y trae calor, molekül de plata,
y las sensaciones de cada tetraedro,
cuanto más agitadas vuelan las luciérnagas,
las aves más abundantemente que la lluvia trinan;
y yo escucho la voz de mi hermana muerta
desde el fondo lejano del bosque.

Confieso que Miyoshi Tatsuji representa, para mí, el mayor deslumbramiento. Su poesía se acerca más a la tradición japonesa que a una tendencia occidentalista, pero mantiene lo aprendido en el uso del verso libre. Es decir, sostiene una expresión y sensibilidad tradicionales mediante una forma heredada de la modernidad. Esto lo acerca, por ejemplo, a la propuesta de Junichiro Tanizaki en su Elogio de la sombra. Así, dentro de sus poemas, como en el haiku, el yo queda anulado y la naturaleza aparece como el único espacio habitable posible, pero su expresión y tonos son distintos. Tatsuji no acecha la revelación súbita, sino que se enfoca en la contemplación y, a la manera de cierto objetivismo, le basta nombrar lo que hay, como si el reconocimiento del mundo fuera la única posible iluminación.

Bajo la lluvia están parados los caballos.
Una manada de caballos con uno o dos potros está bajo la lluvia.
La lluvia cae sin sosiego,
Los caballos comen la hierba.
Sus colas, sus lomos y sus crines están empapados hasta los huesos
y ellos comen la hierba.
Comen la hierba;
algunos con su nuca colgando ni siquiera comen hierba
y con la mirada en el vacío están parados.
La lluvia cae, cae, sin sosiego.
[…]
No me asombraría si cien años pasaran en este instante.
La lluvia está cayendo, la lluvia está cayendo,
la lluvia cae sin sosiego. 

La nieve y el ardor consigue mostrar tres dimensiones poéticas enmarcadas dentro de las paradojas de la modernidad, paradojas que no nos eximen a nosotros.  Después de estos trazos, bien vale la pena hablar de algunas virtudes del libro. Acompañado por grabados y una elegante fe de erratas, en consonancia con el nombre de esta joven editorial, considero que su mayor acierto es la traducción, que se encuentra acompañada de la versión original en japonés. El traductor, Ibuki Adachi, opta por un camino mayormente pragmático, es decir, no busca la igualdad semántica, antes, podríamos decir, una tonal. Por supuesto, las notas que acompañan algunos textos son útiles en caso de una aclaración necesaria, pero ninguna de ella interrumpe la poesía. Así, sus versiones confían más en el español y en sus lectores, que en la ilusión de la equivalencia. 

Para este punto lo único que se podría pedir sería una selección más amplia. Los apenas 23 poemas de la antología, al tiempo que ilustran la riqueza de sus autores, vuelven evidente también nuestra pobreza. Sin embargo, después de leer La nieve y el ardor queda claro que los vínculos entre nuestra literatura y la de Japón se encuentran, sin reparar en las influencias, al interior de sus procesos, más allá de lo evidente.

*Jorge Mejía Rivero. Poeta y traductor. Apareció en la antología etc. Poesía joven en la Ciudad de México (Fe de ratas, 2024).

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp