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NOVELA: "La revolución es un sueño eterno" de Andrés Rivera, o de cómo contar la historia

Claudia Fogliani

Cuando se piensa en la novela histórica, parece muy sencillo describir sus características: su fundamento en hechos reales presupone claridad; la cronología precisa proporciona una estructura firme al relato; la certeza del hecho narrado brinda cierta tranquilidad, pues lo que se lee ha existido en el plano de la realidad del lector. Si bien no es un elemento exclusivo de la novela histórica, la fórmula novelesca conocida como “el manuscrito hallado” sirve justamente para brindar esa seguridad realista al soporte escrito: es el mismo autor de la novela quien relata el encuentro —en una librería de viejo, en un ático o en un sótano, lo importante es que haya polvo— con unas páginas selladas por años o incluso por siglos. 

El documento proporciona información cabal acerca de un momento histórico decisivo y tan interesante como para contar su encuentro y copiar su contenido. Tras el hallazgo, el autor-narrador se silencia y, supuestamente, deja que el autor del documento “hable”. En este espíritu, Andrés Rivera nos entrega dos cuadernos de tapa roja escritos en primera persona por el mismo protagonista del relato, Juan José Castelli: La revolución es un sueño eterno imita la configuración de una novela histórica para trastocarla. 

De hecho, la apuesta del autor es justamente cuestionar y revisar cómo se cuenta la Historia, cómo la literatura se relaciona con el discurso histórico y su pretensión de verdad, qué significa relatar el pasado desde el presente. Desde las primeras líneas de La revolución es un sueño eterno se lee todo lo que no se espera de una novela histórica. Se experimenta una escritura fragmentaria, volcada sobre sí misma, hecha de preguntas, dudas y frases tachadas: “Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla. […] Escribí: mi lengua se pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de junio, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Y ahora escribo: me llamaron —¿importa cuándo?— el orador de la Revolución”.

No sabemos la identidad de quien ha encontrado el diario de Juan José Castelli, ya que no se busca justificar que la historia que nos relata se considere verdadera. Es más, se denuncia su ficción línea tras línea y somos testigos de cómo el personaje se construye en y por su mismo relato: “Y Castelli —escribe Castelli, una pistola en el cajón de su mesa, debajo de la tinta, la pluma y el papel en el que se amontonan las palabras que escribe—, Castelli invita a la muerte”. No le interesa la escritura lineal de sí mismo: en su celda, mientras espera el juicio por abuso de autoridad y por ofensas a la moral, el orador de la revolución recuerda sus hazañas —las luchas para la independencia, el fusilamiento del virrey Liniers, la campaña del Alto Perú— pero sobre todo cuestiona su rol en el proceso revolucionario: “Castelli se pregunta dónde están sus palabras, qué quedó de ellas. La revolución —escribe Castelli, ahora, ahora que le falta tiempo para poner en orden sus papeles y responderse— se hace con palabras. Con muerte. Y se pierde con ellas”. 

Frente a la romantización de una revolución que nos puede parecer una victoria, Castelli se pregunta qué ha quedado de él y de sus compañeros una vez que los ideales han dejado de inflamar sus corazones. El personaje se vuelve palabra: su letra atestigua su transformación de un héroe épico a un derrotado, encerrado en una habitación sin ventanas, que pasa de ser “apretada y firme” a ser “angulosa, frágil, de viejo”. Como el héroe de la única novela que posee, El Quijote, Castelli es hallado en un manuscrito y sus batallas no son nada más que una ilusión: ambos han creído demasiado en las palabras que han leído, en los ideales que los mueven. Si la novela de Cervantes se planteó como una sátira del género caballeresco, en La revolución es un sueño eterno Rivera subraya la insuficiencia del discurso histórico y, sobre todo, su parcialidad: “La historia no nos dio la espalda: habla a nuestras espaldas”, escribe Castelli en una novela dedicada a convertirlo en la voz de una revolución que ha sido una verdadera ficción.

*Claudia Fogliani. Nació cerca de Venecia. Cursa el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México y, en su tiempo libre, organiza círculos de lectura. Sus reseñas han sido publicadas en CrunchED y CriticaLetteraria
@ClaudiaFogliani

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