“Mientras que el genio político del Duce obliga a casi todos a entrar en una sola gran lista fascista (el Listone), la oposición presentará 21 listas. Ni siquiera las formaciones más afines han sido capaces de formar un bloque entre ellas”.
Así, en tres líneas, el escritor italiano Antonio Scurati resumió la estrategia electoral de Benito Mussolini frente a las elecciones del seis de abril de 1924, esas que marcaron en buena parte la historia del siglo XX.
Fiel a sus ideales, esos que repetía cuando exclamaba que “quien no está con nosotros, está contra nosotros”, el dictador obligó a todo el que quisiera llegar al poder a unirse en esa masa amorfa que reunía a liberales y conservadores por igual.
Por el contrario, la oposición, sin entender el momento que vivía, buscó cualquier pretexto con tal de no unirse en contra de Mussolini.
Las distintas ideologías (esas que han cegado a más de uno), las diferentes maneras de entender la democracia y la siempre presente subestimación del peligro (esa maldita costumbre de pensar que un poder sin límites puede ser contenido) llevaron a la fragmentación absoluta de un posible bloque de contención.
Contrario a la imagen de nervios de acero con la que se recuerda a Mussolini, se dice que, a pesar de la maquinaria electoral que ya estaba puesta en marcha, y del Listone con el que controlaba las candidaturas, el miedo a la abstención le perturbaba el sueño al dictador, que no le gustaba dejar las cosas al destino.
Esto llevó al líder del fascismo a tener un arrebato de honestidad, en el que le dijo a su fiel compañero y creador de la Ceka Fascista, Cesare Rossi, cuáles serían sus planes. “Esta es la última vez que se celebran elecciones. La próxima vez votaré yo por todos”.
El resultado de las elecciones de abril de 1924 es conocido. Como era de esperarse, un tsunami llevó al Partido Fascista a quedarse con una mayoría de 374 diputados (de 535 que conformaban la cámara) gracias a los cuatro millones 650 mil votos recibidos en la última elección parcialmente libre que vieron los italianos hasta 1946.
Dos de cada tres ciudadanos (más de uno influidos por la amenaza o la violencia que los obligaba a apoyar al Duce) apoyó en las urnas al proyecto del dictador que en ningún momento escondió sus intenciones de dominarlo todo.
Scurati nos dejó en estas líneas también la lección que sigue dando vueltas 104 años después. “Moraleja: muchas oposiciones, ninguna oposición”.
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