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Amistades: Lincoln y Matías Romero

Ambos se vieron a los ojos. En un principio, la petición del director general de correos, Montgomery Blair, enviado del presidente Abraham Lincoln, no le pareció tan extraña al encargado de negocios de México en Washington, Matías Romero, quien se había hecho buen amigo del mandatario estadounidense desde que lo conoció en enero de 1861.

Romero visitó por primera vez al todavía presidente electo Lincoln en su casa en Springfield, Illinois, con la esperanza de un país a cuestas. La buena relación entre los vecinos, misma que había quedado fuertemente lastimada por los territorios que perdió el expresidente Antonio López de Santa Anna en manos de Estados Unidos, parecía imposible.

"Le dije que el gobierno constitucional desea mantener las relaciones más íntimas y amistosas con Estados Unidos, a cuyos ciudadanos se propone brindar protección completa y concederles toda clase de facilidades para el desarrollo de los intereses comerciales y de otra índole", detalló Romero en su informe después del encuentro.

El cambio de gobierno en la Casa Blanca alimentó el anhelo de que un presidente republicano tendría un mejor trato con los mexicanos. Ese primer encuentro, en el que Lincoln se mostró interesado y abierto con el mexicano, actitud que no había demostrado antes frente al vecino del sur, sólo aumentó esa confianza que se fortaleció durante los años siguientes.

Es por eso que Romero se mostró tan sorprendido cuando Montgomery le planteó de Lincoln que, en medio de la guerra civil que dividió al país y que veía imposible la posible unión entre blancos y negros, propuso al gobierno mexicano que lo ayudaría y le permitiera establecer una colonia de personas de color en Yucatán.

Hasta nuestros días ha llegado el relato de que el mexicano escuchó con atención. En un principio, incluso le gustó el plan ya que “en México no hay preocupaciones contra la gente de color, (...) de consiguiente, ninguna dificultad habría para recibir allí en calidad de inmigrantes a los que imploraran nuestra hospitalidad, muy especialmente si venían arrojados y perseguidos de un país en que se les considera como raza inferior y se les quiere retener en la esclavitud”.

Sin embargo, después de consultarlo con la capital mexicana, la respuesta final fue decisiva. “México no va a enajenar ni un centímetro más de territorio nacional”.

La negativa del encargado de negocios no impidió que la buena relación siguiera entre ambos hasta la muerte de Lincoln, a quien el mexicano consideró “uno de los hombres más grandes que jamás conocí”.

En cuanto al sueño de una más amplia relación entre vecinos, Romero dejó ver de forma anónima en la revista estadounidense The North American Review, según recoge el historiador Jason H. Silverman, la nostalgia por la oportunidad perdida, y la intención de dejar viva la esperanza que lo acompañó desde Springfield.

“Estados Unidos está en una mejor posición que cualquier otro país para aprovechar la inmensa riqueza de México... Al ser una nación vecina de la nuestra... y no ser superados por ningún otro pueblo en riqueza, actividad, inteligencia y espíritu emprendedor, están llamados por la naturaleza a desarrollar los grandes recursos de México... Cuando lleguemos a esa situación, nuestros intereses políticos y civiles comunes nos darán una política común, enteramente continental y americana, que ninguna nación europea podrá malinterpretar impunemente”.

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