Claudia Fogliani
Se suele medir el grado de realismo de una obra literaria según la credibilidad y la coherencia de los hechos que componen su trama. Como consecuencia, la forma en la que se expresan sus personajes tiene que someterse a las mismas normas, ya que sus palabras sostienen el efecto realista en el texto. No importa si viven situaciones impensables: es preciso mantener reacciones verosímiles y, sobre todo, es necesario dar al lector un hilo con el que pueda seguir la sucesión de los eventos. Todos estos presupuestos se quiebran en las novelas que intentan imprimir en la página los pensamientos más profundos e ilógicos de los personajes, sobre todo en el caso de que experimenten una situación insólita.
Sin duda, la anónima protagonista de El lugar donde crece la hierba de Luisa Josefina Hernández no se habría imaginado que, tras huir por el robo de una gran suma de dinero, se encontraría encerrada en la casa del piadoso y platónico Eutifrón, un amigo de su esposo Patrick, donde empieza a redactar una larga carta (que parece más un diario íntimo) a su gran amor, Enrique. Por las coordenadas que justamente le imprime la forma diarística, la escritura transmite un efecto de inmediatez de los hechos, cuya naturaleza es a menudo absurda o tal vez muy realista: los pensamientos violentos se acompañan de recuerdos emotivos, de cambios de humor repentinos y absolutos, en un torbellino infinito.
La silueta que dibuja el personaje de sí mismo es la de una “mujer deforme” que desciende a una dimensión que “le hace impracticable la línea recta”. De hecho, pese a que es concebida inicialmente como un refugio, la casa se vuelve una antesala de la prisión, donde la mujer forcejea toda su identidad: “Estoy desconocida; todos los rasgos se me han borrado y confundido, mi cara es como un pliego de papel, puedo mirar con la frente y con la barba. Estuve contemplándome con una convicción de células horrorizadas: era el rostro de una mujer encarcelada”.
La crisis vivida dentro del encierro se intenta sobrellevar a través de pequeñas escapadas a la explanada, breves y enigmáticas conversaciones con Eutifrón, pero el más fino aliado de la protagonista para dar cuenta de su introspección es la escritura: “Fui a sentarme en la oscuridad de la sala y escribí, pero a causa de la falta de luz y de la tendencia incontrolable a mirar hacia la explanada, se entrecruzaron los renglones y me ha quedado un papel indescifrable que parece el relato de mi adolescencia, de mi infancia y de todo lo que pasó después”. La constante borrasca emotiva se arroja en las páginas del cuaderno, que alberga una voz que negocia su misma identidad y que la forja en el acto mismo de escribirse.
Luisa Josefina Hernández nos presenta un personaje en una situación liminal, una mujer que expresa en cada frase una contradicción, un pensamiento absurdo a través del cual reconoce sus pasiones, hasta las más ínfimas y despreciables. No sorprende entonces que, incluso frente al espejo, la protagonista no logre reconocerse y que se encuentre a sí misma en los cambios constantes de un río: “Soy un río ensoberbecido que quiere desbordarse. Eso es, ahora voy a desbordarme: inundaré todo, arrancaré todo; después me alejaré inquieto y satisfecho”. La protagonista de El lugar donde crece la hierba podrá parecer, ante muchos, un personaje irreal, ficticio; por mi parte, he leído una figura densa, en plena catarsis emotiva, seguramente de trazos absurdos, sin que por ello la considere falaz.
*Claudia Fogliani. Nació cerca de Venecia. Cursa el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México y, en su tiempo libre, organiza círculos de lectura. Sus reseñas han sido publicadas en CrunchED y CriticaLetteraria.
@ClaudiaFogliani
Recomendar Nota
