Elienahí Nieves Pimentel
Toda investigación comienza con una pregunta. En 1975, una joven mexicana se cuestionó sobre la imagen de México entre los alemanes en el siglo XIX, reflejada en las primeras revistas populares de divulgación y entretenimiento. Para obtener su doctorado en la Universidad de Munich analizó las representaciones del territorio mexicano, de la población, los recursos naturales, la inestabilidad política y las posibilidades comerciales y migratorias del país. Lejos de saciar su curiosidad, las preguntas se acumularon y diversificaron, llevándola a estudiar temáticas y cronologías amplias: la presencia de empresarios y comunidades alemanas en el México del XIX, las relaciones históricas entre las sociedades humanas y la naturaleza y, sobre todo, el trabajo en Nueva España, principalmente en las haciendas azucareras y minas en el centro y sur —lo que hoy es Morelos y Guerrero.
Me refiero a Brígida Margarita von Mentz Lundberg, quien mediante herramientas procedentes de la antropología, la etnohistoria y la lingüística histórica ha contribuido a la integración del trabajo de grupos subalternos —esclavizados, indígenas, campesinos, aprendices, sirvientes y operarios manufactureros— en las grandes narrativas económicas e institucionales de la historia de México.
De las más de 70 publicaciones de von Mentz, “Esclavitud y semiesclavitud en el México antiguo y la Nueva España (con énfasis en el siglo XVI)” resulta especialmente recomendable para cualquier lector interesado en la historia del trabajo en México. En pocas páginas, el texto condensa “breves esbozos” de las condiciones laborales coercitivas que coexistieron en distintos periodos de la historia mexicana.
El recorrido comienza con los tlacotlin o “empeñados”, la forma de esclavitud heredada de los tenochcas que continuó vigente durante las primeras décadas del siglo XVI, antes de la asimilación del concepto legal de “propiedad” del derecho romano. En un censo de Cuauhnáhuac (hoy Cuernavaca) fechado en 1540 y escrito en náhuatl, la historiadora encontró detalles de la vida de las personas esclavizadas en el área: sus nombres, el de sus propietarios, su precio de venta y condiciones, el trabajo que realizaban y el periodo de su esclavitud —posiblemente la contabilidad de los años de servidumbre se debía a la posibilidad de recuperar la libertad.
El pormenorizado registro obedece a la férrea vigilancia que ejercían las clases dominantes mexicas sobre la población para garantizar la sujeción de los tributarios. Entre éstos, los tlacotlin ocupaban el estatus ínfimo; enajenados en cuanto seres humanos, aunque con capacidad para procrear hijos libres.
Ante la crisis demográfica de la población indígena, a mediados del siglo XVI la legislación española prohibió la esclavitud, con excepción de los “indios de guerra” que resistían la dominación colonial; resistencia que, por otro lado, no era difícil de provocar mediante despojos y otras arbitrariedades. En coexistencia con trabajadores libres y esclavizados provenientes de África, surgieron en Nueva España nuevas y diversas formas de semiesclavitud. A través de las “misiones” de órdenes religiosas, del “repartimiento de indios” en sectores considerados prioritarios como la minería, agricultura y obras públicas y de la retención de trabajadores por endeudamiento, la coacción en el trabajo prevaleció.
Una vez alcanzada la independencia, las condiciones de semiesclavitud pervivieron en la joven República Mexicana, relacionadas con el peonaje, la retención por deudas, los pagos en vales y la explotación indirecta a través de comercios (tiendas de raya) de las mismas empresas, donde se monopolizaba el comercio regional o local y se vendían a precios más elevados las mercancías que requerían los trabajadores. Durante el siglo XIX y el Porfiriato, los gobernadores y caciques locales se beneficiaban de la legislación que les permitía la leva forzada de cualquier individuo o grupo rebelde. Fue gracias a la resistencia popular contra estos abusos que la Constitución de 1917 registró por vez primera en México una legislación protectora del mundo laboral.
Con su inagotable interés por la continuidad en las formas de sujeción en el trabajo en México, en última instancia, la obra de von Mentz ha respondido de manera afirmativa a una pregunta trascendental en la historiografía: ¿es posible escuchar las voces de los grupos subalternos en los archivos? Además, su investigación nos recuerda que para lograr la interiorización de la subordinación, basta con crear las condiciones legales y culturales propicias que la presenten como ineludible y natural.
*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio
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