Guadalajara, Jal.- Cada vez está más cerca. En Jalisco no se han dejado de dilapidar recursos para recibir al mundo con estadios llenos, corredores turísticos impecables y campañas institucionales que prometen hospitalidad, modernidad y harta fiesta.
La cuenta regresiva hacia el Mundial de Futbol avanza. Ya hay operativos especiales, hoteleros hambrientos de clientes y un sinnúmero de discursos sobre la derrama económica. Pero a la par de los detalles felices para acoger aficionados internacionales, el “estado más mexicano” tropieza con su otra realidad, la que no quieren que se vea, pero existe desde hace años: la crisis de desaparecidos, fosas clandestinas y crematorios ilegales.
A escasos días de que arranque ese evento del que todo político no para de hablar, el 18 de mayo fue localizado otro predio, esta vez en el municipio de Lagos de Moreno —ubicado a menos de 3 horas de la capital— que es señalado por colectivos de búsqueda como un posible centro de reclutamiento, confinamiento y exterminio operado por el crimen organizado.
Tal y como ocurrió en Teuchitlán con el rancho Izaguirre, ubicado a finales de 2024 pero que no detonó atención pública ni política sino meses después, la imagen que muestra el colectivo Guerreros Buscadores de Sonora es otra estampa de terror. Una vez más, restos humanos, huesos calcinados, hornos clandestinos.
Esta crisis trasciende sexenios, pero todos: los que han encabezado panistas, priistas o emecistas, simplemente lo han hecho a un lado. Los primeros porque había unos Juegos Panamericanos qué atender; los segundos, porque demostraron que el crimen organizado tenía más táctica y poder, y los terceros (al menos el primero de ellos) porque realmente se creyeron la idea de que era una estrategia diseñada para desestabilizar lo que se prometió como una refundación.
Ahora, lo que importa a quienes toman decisiones en Jalisco es llenar de balones gigantes los puntos turísticos y poner bajo el tapete todo lo que desluzca. Qué importa que una vida, una historia, un recuerdo, termine en una bolsa. En piezas. Que el niño, la niña que un día fue, hoy está degradándose mientras sus familiares dejan todo de lado hasta encontrarlos.
Ese terror es real. Por supuesto que se vive en Jalisco.
Y lo más perturbador no es solamente el hallazgo. Es la normalidad con la que comienzan a repetirse. El contraste entre el discurso de movilidad para turistas y las rutas del horror que los colectivos —y no las autoridades— hacen público es tan brutal que nos obliga a repensar si realmente hay condiciones en Jalisco para mostrar la mejor de nuestras sonrisas, mientras las madres buscadoras reciben llamadas anónimas para ir a recorrer ranchos abandonados con palas, varillas y la esperanza de encontrar a quien algún día abrazaron y hoy está desaparecido.
En tanto unos planean cómo mover aficionados entre sedes mundialistas y otras buscan cómo encontrar fragmentos de sus hijos entre cenizas, no hay ni habrá campaña de promoción turística capaz de esconder que Jalisco encabeza las cifras nacionales de personas desaparecidas, con casi 14 mil, según el registro estatal. No hay ni habrá un espectáculo inaugural lo suficientemente luminoso para opacar el hecho de que colectivos ciudadanos están encontrando lo que el Estado no encontró, no quiso encontrar o encontró demasiado tarde.
Otra vez, la estampa de Izaguirre empaña a Jalisco. Un estado muy mexicano, sí, pero también marcado con la cicatriz de espacios diseñados no sólo para matar, sino para borrar. Teuchitlán y Lagos de Moreno son sólo dos botones de muestra de que es imposible comprar el bono de los casos aislados. En esta entidad, reclutar para el crimen organizado es un método y un problema político al mismo tiempo. Simplemente, la celebración y el exterminio son incompatibles y ni ciudadanos ni autoridades podemos normalizarlo, sin importar cuántos goles meta la selección.
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