Monclova nació como un puesto de avanzada de la mano de exploradores. Fue fundada en varias ocasiones. Hasta ella llegaron los tlaxcaltecas, aliados de los ibéricos en la conquista de México y, por lo tanto, con derechos de conquistadores. En Coahuila aún se siente la benéfica presencia de quienes partieron de los cuatro señoríos de la República de Tlaxcala.
Monclova vio pasar conquistadores, viajeros, insurgentes y revolucionarios. Muy cerca de su caserío fueron apresados Hidalgo y otros padres de la patria. En la parte más antigua de la ciudad se encuentra el edificio del Hospital Real, lugar donde fue encerrado el caudillo. Las historias sobre aquellos acontecimientos se han transmitido de generación en generación. En algún sitio de la ciudad, hoy desconocido, descansan los restos de Indalecio Allende, hijo de Ignacio Allende.
Un buen día se estableció en las orillas de la ciudad una fundidora que llegó a convertirse en la más importante de México. Gracias a ella, la región fue conocida como la “capital del acero de América Latina”. La empresa generó empleo y desarrollo mucho más allá de sus límites inmediatos. La demanda de minerales impulsó el crecimiento de nuevos poblados y fortaleció a toda la región carbonífera. El contrato colectivo brindó a los trabajadores grandes oportunidades, entre ellas la posibilidad de ofrecer educación superior a sus hijos. Muchos y muy buenos abogados, maestros e ingenieros se formaron gracias a las becas otorgadas por la empresa.
Hoy las cosas son distintas. La situación me recuerda la canción del célebre Rafael Hernández, cuyo mejor intérprete fue el inolvidable Javier Solís. La actividad comercial ha disminuido, las calles muestran locales vacíos y ya no se observan los contingentes de obreros esperando el transporte que los llevaba a la factoría. El lejano Hércules casi ha desaparecido; el ferroducto que lo unía con Monclova ya no transporta material. La falta de oportunidades obliga a muchos a emigrar.
López Obrador cobró venganza contra un empresario y, con ello, castigó a toda una región. Es bien sabido que al tabasqueño le incomoda el espíritu emprendedor de los norteños, así como su afán de aspirar a mayores niveles de bienestar. Prometió un plan para rescatar la región, pero no cumplió, ni lo hará el régimen que instauró. Más aún, por ignorancia o prejuicio, detuvo proyectos estratégicos que habrían beneficiado tanto a la zona como al resto del país. Entre ellos destacan la explotación de las lutitas y el desarrollo de energías limpias, tanto eólicas como solares.
Para Coahuila, el mandatario guinda resultó una verdadera calamidad. El Atila tropical no conoció límites. Los fondos destinados a la infraestructura carretera se desviaron hacia proyectos ferroviarios y petroleros fallidos. Su mano destructora alcanzó incluso programas de justicia social: la Comisión Nacional de Zonas Áridas fue desaparecida y, con ello, los habitantes del desierto quedaron sin apoyos gubernamentales fundamentales.
Urge un rescate institucional de la región, impulsado y financiado por la Federación. Urge que el gobierno central devuelva una parte de lo mucho que las mujeres y los hombres del norte han aportado al bienestar nacional.
Por cierto, considero que la crisis de AHMSA y las promesas incumplidas del gobierno federal constituyen también algunos de los factores que explican la estruendosa derrota de Morena en Coahuila.
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