Dicen, los que saben, que cuando se cae en un pantano, lo que se tiene que hacer es no moverse, intentar ganar tiempo sin que los lodos lo succionen, esperando que llegue el rescate.
Marina del Pilar Ávila está haciendo lo contrario. Mientras más se conoce del asunto de su visa cancelada y su relación con las autoridades de Estados Unidos, más se hunde.
De acuerdo con la gobernadora de Baja California, los audios que dio a conocer el periodista Héctor de Mauleón, y en los que se escucha su negociación con supuestos emisarios del FBI, son producto de una trampa.
Jaime Bonilla, quien también gobernó el estado y por el mismo partido, Morena, la habría buscado, cuando se conoció que ya no podía cruzar la frontera, para contactarla con personajes en Washington capaces de devolverle la tranquilidad a cambio de negociar con ellos.
De las reuniones en el Palacio de Gobierno provendrían las grabaciones que ahora la tienen acorralada.
Lo primero que destaca, si es que las cosas son como argumenta, es el tiempo que se tardó en revelar la identidad de quien armó la estratagema.
Pudo hacerlo porque creía que de las conversaciones se podría conseguir algo, al menos la tranquilidad de “no ser extraditada”, o porque de modo muy ingenuo se percató de la trampa hasta hace unos días, ya que guardó silencio sobre el papel de Bonilla en todo el asunto.
¿No hay nadie en su entorno que pudiera advertirle? ¿Se puso en manos de su mayor adversario para tratar de navegar en aguas tormentosas?
En todo caso, Marina del Pilar Ávila es un riesgo para sus aliados y sus socios, sobre todo porque no se sabe, a cabalidad, de qué dimensión es lo que teme.
Ella, y quien fue su marido, Carlos Torres, conocen en qué se implicaron y las consecuencias que ello puede tener.
Otro aspecto que no se puede perder de vista, es que el grupo en el poder está roto en Baja California, que la intensidad del fuego amigo es nunca vista y que ello proviene de una conformación de corrientes y grupos donde cabe de todo y se vale todo.
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