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León XIV en el Congreso de los Diputados

El cuarto viaje internacional del León XIV a España, el pasado 8 de junio, por invitación del rey Felipe VI, ha dejado una huella imborrable en el Congreso de los Diputados y un mensaje importante para el mundo. Habló como sumo pontífice, pero también como jefe de Estado. Al concluir su discurso de media hora, recibió una ovación unánime, con todos los parlamentarios y la concurrencia de pie, recibiendo entusiastas aplausos que duraron más de siete minutos, y que solamente se acallaron cuando el papa abandonó ese histórico recinto. Según los comentaristas, ese fue un hecho sin precedente. Estas líneas se proponen presentar una crónica del evento que unificó, momentáneamente, a todos los grupos políticos; inclusive, aquellos que en el trajín legislativo suelen comportarse permanentemente como antagónicos.

En su alocución, el papa distinguió entre quienes sirven a la Iglesia y quienes se desempeñan en el Estado. Ambos grupos se asemejan “en el deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia”. Pero detrás de ese propósito compartido debe inquirirse sobre la concepción de la persona y en el tipo de sociedad que inspira la elaboración de las leyes. Esa preocupación conceptual la dirime evocando a Cervantes, mediante el Quijote: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

A esa libertad aunó la dimensión espiritual, recordando a santa Teresa de Ávila. El papa completa su visión (influido por Unamuno), enfatizando que España concibe al ser humano “como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está la acción legislativa”. Tal planteamiento representa -según estimo-, un elegante cuestionamiento a las tecno-oligarquías que son ‘alérgicas’ a cualquier intento de legislación y que concentran la riqueza mundial al monetizar cada gesto, expresión, biorritmo o deseo, manifestado por los usuarios del internet.

En función de lo anterior, León XIV propone, como una acción de gobierno, la construcción de la paz, a partir de una legislación basada en “el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición por la fuerza”. Con ello, y como un deseo que orientaría el proceder de los mandatarios, advirtió: “Los nuevos mundos ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica… la economía, la biomedicina y el universo digital”. De ahí que la legislación y el derecho deben evitar “la imposición de intereses y agendas particulares”.

El papa pugnó por el reconocimiento al valor de la vida de cada persona durante todo el transcurso de su existencia, enfatizando la atención a los más vulnerables. De ahí la importancia de lo que se está tornando una cuestión crítica en el mundo: los migrantes. Así, hace un llamado para evitar, en cada nación, las circunstancias que fuerzan al abandono de la tierra de origen, causadas por la inseguridad, la violencia, la desigualdad o la crisis climática. Ante los terribles acontecimientos que, por estos días, se desarrollan en Irlanda del Norte, su visita a las Islas Canarias enfatiza la atención y cuidado que debe otorgarse en el mundo a los migrantes.

En conclusión: este poderoso discurso, aunado a la encíclica Magnifica Humanitas, están convirtiendo al papa en un líder y figura popular más allá de su propia Iglesia. Pero, más importante aún, significa un valioso contrapeso a las fuerzas que conciben al ser humano como una mercancía, y utilizan el poder, la violencia y la denigración del otro, como armas políticas de control mundial.

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