Hay países en los que, mientras no te metas con el poder, puedes decir lo que quieras. En los que se vive una permanente ilusión de libertad de expresión gracias a que hay un mínimo grado de apertura artística.
Las masacres no se pueden reportar, los asesinatos se disfrazan de necesarios para mantener el orden y cualquiera que se atreva a alzar la voz en contra del líder máximo lo hace porque busca desestabilizar al gobierno. Estados en los que las reglas no escritas se convierten en ley.
Esto mismo fascinó al filósofo esloveno, Slavoj Žižek, quien en su libro Pedir lo imposible describe estas normas como parte del “fascismo blando”, esos sistemas autoritarios de libre mercado que heredamos del siglo pasado.
El llamado “filósofo más peligroso de occidente” ha insistido en que no hay mejor ejemplo que China y la cantidad increíble de limitaciones implícitas que tienen sus habitantes sobre lo que pueden decir y lo que no para describir estos regímenes.
En específico, el esloveno hace énfasis en la manera en la que Mao Zedong impulsó su recordado Gran Salto Adelante, mismo que provocó la mayor hambruna de la historia, mientras exportaba alimentos para, entre otras cosas, comprar misiles nucleares.
“Aproximadamente entre 36 y 38 millones de personas sufrieron hambre y fueron conducidas a la muerte en aquel momento. Lo que resulta todavía más grave es que el gobierno de Mao sabía exactamente lo que estaba pasando”, condenó el filósofo.
Sobre esta censura también cantó la banda de punk Rancid en su canción Arrested in Shanghai, en la que cuenta cómo un rebelde acabó en la cárcel porque se atrevió a protestar contra la masacre de Tiananmen.
Cansados precisamente de no poder expresarse, impulsados por su exigencia de democracia y su amor por la libertad, estudiantes y trabajadores de Pekín salieron a las calles en junio de 1989.
El gobierno de Deng Xiaoping, líder de facto de la República Popular China, hizo lo único que sabía hacer. Primero impuso la ley marcial y ordenó al Ejército Popular de Liberación desalojar la plaza por la fuerza en la noche del 3 al 4 de junio.
Siguiendo el manual autoritario, el gobierno defendió la masacre como un paso necesario para mantener el orden, además sostuvo que se priorizó el crecimiento económico sobre los cambios políticos y aseguró que el control del Estado no podía ser cuestionado.
La cantidad de personas que murieron en esos días sigue siendo desconocida 37 años después, aunque se estima que pudo estar entre los cientos y los miles.
Aunque Žižek prefiere no enfocarse en el simbolismo de Tiananmen, algo que él considera que únicamente tiene peso en occidente y no en China, mantiene su insistencia en señalar esta libertad de expresión impuesta a medias en el país asiático.
El esloveno cuenta que le preguntó a sus amigos chinos cómo era la vida cuando Mao Zedong, fundador de la República Popular de China, estaba al frente del Estado.
La respuesta que recibió fue el viejo juicio que pronunció Deng sobre su antecesor de “70 por ciento bueno y 30 por ciento malo”.
“Entonces les dije, ‘de acuerdo, puedo escribir un libro que se llame 30 por ciento. Sabemos lo que estaba bien, así que hablemos un poco sobre lo que estaba mal”. Me contestaron: “Desde luego que no. No podemos”.
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