La política industrial de la presente administración busca avanzar en la sustitución de importaciones en procesos productivos clave y fija en la meta 5 del Plan México el objetivo de: "Crecer 15% de contenido nacional en las cadenas globales de valor hacia 2030, enfocado en los sectores: automotriz, aeroespacial, electrónico, semiconductores, farmacéutico y químico". Para dar un seguimiento continuo a este compromiso, el indicador normalmente utilizado es el valor agregado de exportación de la manufactura global (VAEMG) del INEGI, que busca, para un determinado tipo de empresas, reflejar la parte del valor exportado que no es de origen extranjero.
El INEGI calcula el VAEMG sumando el valor agregado bruto directo (salarios, utilidades y depreciación) más el consumo intermedio de origen nacional (compras facturadas a proveedores locales). Visto desde la producción bruta, se obtiene deduciendo los insumos importados directos de la producción manufacturera global, que se exporta en su totalidad.
Sin embargo, esta metodología padece una limitación contable que genera una ilusión estadística sobre el grado de integración nacional real. Al registrar las compras atendiendo únicamente al lugar de facturación, supone implícitamente que el consumo intermedio de origen nacional está integrado 100% por valor agregado mexicano, ignorando que los proveedores y los proveedores de los proveedores establecidos en el país importan a su vez un elevado porcentaje de sus insumos y que muchas empresas proveedoras son filiales transnacionales que repatrian sus utilidades al extranjero.
Un ejemplo de esta distorsión se observa en la fabricación de computadoras y equipo periférico para centros de datos e inteligencia artificial. Las estadísticas de comercio exterior demuestran que el valor de las exportaciones de este sector evoluciona muy de la mano con el de sus importaciones.
El aparente incremento del contenido nacional dentro del VAEMG en esta rama se debe a que: 1) una parte importante del valor aportado por sus proveedores locales es de origen extranjero ya sea por vía de los insumos o de las utilidades; 2) otra parte considerable del valor agregado nacional responde a “servicios habilitantes” (como electricidad, empaque y logística), que son costos operativos indispensables pero que no sustituyen ni un solo microchip, GPU o tarjeta madre importada de Taiwán o EU, por lo que en el fondo habría muy poco avance en la sustitución de importaciones de los procesos clave. De hecho, el propio INEGI reconoce que el indicador del VAEMG no mide la retención neta real, sino que representa apenas un techo o límite superior del contenido nacional.
Al analizar la evolución observada hasta el momento, el VAEMG como porcentaje de la producción ha avanzado de 40.8% en 2019 a 44.2% en 2024, aunque por lo dicho arriba no está claro cuánto de este avance positivo es real y cuánto es ilusorio.
Para salir de la duda se podría recurrir a metodologías analíticas mucho más sólidas como MECOTVA del INEGI o TiVA de la OCDE, las cuales utilizan matrices de insumo-producto para descontar las importaciones indirectas en cascada de los sub-proveedores. Sin embargo, debido al rezago y la complejidad para consolidar censos económicos y balanzas internacionales, estos modelos no están disponibles para el monitoreo continuo año tras año.
Para resolver este dilema entre la inmediatez del VAEMG y la precisión del MECOTVA, existe una importante área de oportunidad que consiste en aprovechar la experiencia previa del INEGI con las actualizaciones tipo SUT-RAS. Esta técnica de ajuste bi-proporcional permitiría proyectar la matriz de insumo-producto utilizando la información económica anual disponible, generando estimaciones del valor agregado neto de manera rápida, barata, continua y frecuente. Esto aportaría una mayor oportunidad, pertinencia y rigor a la información estadística sobre este tema estratégico.
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