Donald Trump cerró su discurso en la cena de corresponsales de la Casa Blanca con una operación de prestidigitación política. Se colocó una gorra roja con la leyenda “Trump 2028” y anunció su intención de competir por un cuarto mandato. Gané tres veces, sostuvo. La cuenta sólo funciona dentro del relato de que también venció en 2020. En la realidad, 2028 sería su cuarta campaña, pero buscaría un tercer mandato efectivo, prohibido por la Constitución.
La escena no fue una ocurrencia aislada, sino el más reciente eslabón de una preparación retórica. En 2018, después de que China eliminara el límite al mandato de Xi Jinping, Trump elogió la fórmula del presidente de por vida y sugirió que Estados Unidos podría probarla. En 2020 afirmó que merecía cuatro años adicionales como compensación por las investigaciones en su contra. En 2024 preguntó si debía ser considerado presidente de dos o de tres mandatos, incorporando a la cuenta su falsa victoria de 2020.
En marzo de 2025, en una entrevista con NBC, aseguró que no estaba bromeando y que existían métodos para buscar otro mandato en 2028. Un mes después, la Trump Organization comenzó a vender mercancía “Trump 2028”. En octubre pareció retroceder; reconoció que el texto constitucional era claro y descartó como disparatada la posibilidad de competir como vicepresidente y después suceder al presidente.
Sin embargo, la Constitución es menos ambigua que el espectáculo. La enmienda XXII establece que ninguna persona puede ser electa presidente más de dos veces, sin distinguir entre mandatos consecutivos y no consecutivos. Trump ganó en 2016 y 2024; ya agotó el límite. La opción alterna de presentarse como vicepresidente se enfrenta a la enmienda XII que impide ocupar ese cargo a quien sea constitucionalmente inelegible para la Presidencia. Hay, además, una discusión académica sobre ser elegido o llegar por sucesión, pero ésta no ofrece una solución definitiva.
La vía limpia sería reformar la Constitución, con dos tercios de ambas cámaras y la ratificación de tres cuartas partes de los estados. El republicano Andy Ogles presentó en enero de 2025 una enmienda diseñada para permitir un tercer mandato cuando los dos primeros no hubieran sido consecutivos. La iniciativa no ha pasado del Comité Judicial de la cámara; sin embargo, la aritmética constitucional vuelve esa opción prácticamente inalcanzable.
Pero, no poder ser elegido no significa no poder hacer campaña. Trump podría lanzarse, recaudar y organizar un movimiento, obligando a los estados, los tribunales, el Congreso y el Partido Republicano a decidir quién y cómo podrían frenarlo. La Comisión Federal Electoral regula el dinero de campaña, pero no es un tribunal de elegibilidad.
El objetivo inmediato no es 2028, sino evitar que Trump se convierta en un presidente saliente y que pierda cada día más poder. Mientras “Trump 2028” permanezca sobre la mesa, JD Vance, Marco Rubio y otros aspirantes tendrán dificultades para construir una sucesión autónoma. La insinuación prolonga la disciplina interna, convierte la lealtad personal en requisito para competir y mantiene la prensa, la recaudación y la base electoral alrededor de una sola figura.
La experiencia comparada enseña que los límites de mandato rara vez se erosionan de un día para otro. Primero, se vuelven tema de conversación; después, una regla supuestamente ambigua; finalmente, un obstáculo que los seguidores del líder consideran ilegítimo.
Por eso, no hay que elegir entre broma y amenaza; en este caso, la broma es el método de disciplinamiento. La cuarta campaña todavía no es una candidatura sino una ocupación anticipada del futuro. Trump quizá no pueda competir en 2028, pero ya consiguió que Estados Unidos discuta como posibilidad política un tercer mandato.
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