A medida que el traductor le iba dando a conocer el contenido de la carta, el presidente sentía cómo la congoja iba invadiendo su corazón. ¿Cómo pudieron atreverse sin siquiera consultarme? Una medida así sólo puede ser ordenada por mí, por nadie más. Claro que, como se me pide en la carta, voy a poner a Marco Rubio y a Christopher Landau de patitas en la calle como dicen los mexicanos. Esa expresión siempre me ha parecido muy graciosa. Pero antes me van a oír. ¿Cómo permitieron esa insensatez?
¿No les pasó por su cabezota que una medida así pone en riesgo la relación con nuestro vecino del sur? ¿No pensaron en cuál sería la reacción de la presidenta de ese país hermano? ¿Y del expresidente que, como todo mundo sabe, es mi amigo?
¿No previeron que esa decisión iba a ser aprovechada por la derecha mexicana, que incansablemente está al acecho de cualquier oportunidad para enlodar al gobierno? Ya está exigiendo que la Fiscalía General de la República abra una investigación contra el muchacho. ¿Y qué esperaban? La medida les puso la ocasión en bandeja de plata.
Vean la reacción del muchacho. Califica la decisión de “hitleriana”. Me dice que soy apático y distinto a la persona que conoció su padre. Peor todavía: señala que nuestro país vive “tiempos decadentes y lamentables de odio, racismo, drogadicción, desintegración familiar y tristeza”, por lo que no le causa ningún problema no visitarnos.
Seguramente nos lo echa en cara porque en su país, a partir del gobierno de su padre, ya no hay altísimas tasas de homicidios, desapariciones forzadas, extorsiones, secuestros, violencia familiar, lesiones, maltrato infantil, y tampoco complicidad de políticos con el crimen organizado. En su escrito nos dice que siempre ha guiado su vida pública y privada con ideales, principios y honestidad infundidos por sus padres. ¿Cómo olvidar que a su padre los legisladores de su partido –la mayoría en el Congreso– lo llamaron encarnación de la nación, la patria y el pueblo?
En este momento daré la orden de revocar la cancelación y le escribiré al hijo de mi amigo suplicándole que me disculpe y asegurándole que, por supuesto, no volverá a ocurrir algo tan desafortunado.
Donald Trump notó que los dedos le temblaban y que un sudor frío le recorría la espalda. En México diríamos que estaba agüitado.
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