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Instituciones incómodas

Nadie crece dentro de su zona de confort. Aprender algo nuevo, desarrollar una habilidad que no teníamos, es normal que genere malestar. Los anglosajones le pusieron nombre: growing pains. Muchas personas asumen que crecer debería sentirse armonioso y fácil. Que si hay tensión, algo está fallando. Casi siempre es lo contrario.

Pero no toda incomodidad es la misma. Hay señales que sí exigen atención inmediata: riesgos reales, crisis genuinas, decisiones imprudentes. Ignorarlas tiene costos concretos. La clave está en no confundirlas con la fricción que genera el cuestionamiento constructivo, porque esa confusión es exactamente la que permite cerrar la puerta a los dos.

La crítica incomoda. No nos gusta equivocarnos ni que nos señalen. Pero los contrapesos que nacen del compromiso genuino con la institución son los más valiosos que una organización puede tener.

La incomodidad útil viene de quien se informa, pregunta cómo se toman las decisiones y se mantiene como contrapeso, aunque eso incomode. Las instituciones que aprenden a distinguirla y a usarla toman mejores decisiones. Detectan sus errores antes de que sean irreversibles. Se adaptan en lugar de repetirse.

Las que no lo hacen terminan inclinándose hacia la comodidad de quienes las controlan. El poder tiene esa tendencia. Los contrapesos, la transparencia y la división de poderes no son tecnicismos: son respuestas a una realidad suficientemente universal como para institucionalizarla.

Toda estructura que pierde capacidad de adaptación eventualmente empieza a deteriorarse, aunque desde fuera todavía parezca fuerte. La rigidez, en política, suele parecer fortaleza, hasta que deja de funcionar.

La incomodidad institucional no siempre es señal de crisis. A veces es señal de salud.

Las organizaciones más sanas no son las que eliminan la incomodidad, sino las que aprenden a procesarla e incorporarla como activo. Las que entienden que abrir espacio a nuevas voces no significa perder identidad, sino permitir que esa identidad siga viva.

El mayor acto de amor hacia una institución no es aplaudirla. Es tener el valor de incomodarla. Institucionalizar esa incomodidad, sin perder la esencia básica en el camino, es el reto más difícil. Es también el que no podemos evadir quienes queremos construir algo que dure.

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