Hay algo revelador en la forma en que los partidos se relacionan con la sociedad civil: casi siempre han tenido que elegir entre ignorarla o usarla. Entre la indiferencia y el clientelismo. No siempre por mala intención. Muchas veces porque ese es el único lenguaje que el sistema enseñó.
Los partidos aprendieron a movilizar. Las organizaciones civiles aprendieron a resistir. Cada quien desarrolló capacidades distintas y, en el proceso, aprendió a desconfiar del otro.
El problema aparece cuando alguien intenta construir algo diferente. Porque descubre una dificultad inesperada: es mucho más fácil describir lo que no quiere hacer, que explicar lo que sí quiere construir. La lista de lo que no queremos ser es larga y clara. La de lo que queremos construir, mucho menos.
Quienes estamos intentando abrir espacios distintos lo vivimos de cerca. Queremos una relación basada en colaboración real, no en utilidad electoral. Pero las estructuras que heredamos empujan hacia los mismos patrones, aunque la intención sea otra. Los incentivos siguen apuntando en la misma dirección de siempre, incluso cuando nadie lo planea.
Por eso el desafío no es solo evitar los errores del pasado. Es diseñar algo que todavía no existe: formas de participación que no dependan del calendario electoral para activarse, maneras de construir poder que no impliquen capturar a quien piensa distinto.
A veces hablamos como si el problema fuera falta de voluntad. Como si bastara con que llegaran las personas correctas a los espacios correctos. Pero hay problemas que no se resuelven con buenas intenciones. Requieren diseños nuevos, hábitos nuevos, instituciones nuevas.
Para eso hacen falta personas que nunca aprendieron a hacer política de la manera vieja. Que lleguen sin los reflejos que el sistema lleva décadas instalando. No como salvadores, sino como oxígeno.
Recomendar Nota
