Danzas húngaras. Las imágenes de bailes de celebración, a la orilla del Danubio y frente al Parlamento que calificaría la elección del domingo, llegaron a todos los rincones del planeta, como las populares ‘Danzas húngaras' de Brahms. En el México participante las redes se saturaron desde temprano con mensajes de entusiasmo e incluso de euforia festejando el fin de la dictadura populista de 16 años de Víktor Orbán. Entre esos mensajes fue perceptible el vuelo de ilusiones de contagio del despertar húngaro en México, al lado de voces de profundo escepticismo ante la perspectiva de que los mexicanos, despojados de las instituciones democráticas, puedan sacudirse su propio fardo populista.
De despotado a despotado. Pero el fardo que pesaba sobre los húngaros no era mucho más ligero que el que pesa sobre los mexicanos. Orbán también había capturado los poderes y las instituciones del Estado y tenía bajo su control el apartado electoral, como se hizo aquí en los pasados siete años y medio. Acaso la ventaja -nada desdeñable- del despotado mexicano ha sido (hasta ahora) la capacidad compra masiva de votos a través de los llamados programas sociales: un denso piso de electores, de salida, incluyendo interesados, encandilados y fanáticos, indiferentes -o incluso hostiles, estos últimos- a los valores democráticos.
Rutas de la liberación. Sin embargo, igual que en Hungría, es posible también percibir signos de fragilidad del régimen por sus luchas internas, de donde podrían venir deserciones como la del vencedor -y antes aliado- de Orbán, Péter Magyar. No es contagio, pero de condiciones similares suelen surgir salidas parecidas. Claro. En México faltaría la tenacidad de un líder fogueado como Magyar y una población ávida de democracia tras los años de ocupación nazi, las décadas de sujeción soviética y los lustros de dictadura de Orbán con su socio Putin.
Recomendar Nota
