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HISTORIA: Por un nuevo modernismo

Jacques Coste

Marshall Berman definió el modernismo como una lucha por convertir un mundo perpetuamente cambiante en nuestro hogar. Así, para el crítico cultural neoyorquino, el modernismo es mucho más que una corriente artística. Es, más bien, “cualquier intento de las mujeres y los hombres modernos para convertirse en objetos y sujetos de la modernización, para entender y moldear el mundo moderno y sentirse como en casa en él”. 

En su ya clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire: La experiencia de la modernidad (originalmente publicado en inglés bajo el sello editorial de Simon & Schuster en 1982), Berman esgrimió un importante alegato en contra del posmodernismo y a favor de conservar la modernidad como una categoría valiosa para el análisis académico, la crítica cultural y, sobre todo, la acción política. Los posmodernos, que habían ganado terreno en los años ochenta, argumentaban que las “grandes narrativas” que habían dado sentido a la modernidad —el progreso, la razón, la emancipación humana— ya no eran sostenibles: no existe una sola historia universal, sino múltiples relatos parciales y en competencia, ninguno con derecho a imponerse sobre los demás y todos con igual validez. 

Berman no era un entusiasta del progreso ni un defensor de la modernización a cualquier costo. Su argumento era más sencillo pero también más poderoso: la experiencia de la modernidad es universal y está marcada por las tensiones, ironías y contradicciones de la vida moderna. La paradoja mayor es el sentimiento de angustia que ocasiona un mundo que no deja de transformarse —por avances tecnológicos, cambios políticos, nuevas industrias, incesante desarrollo económico— a un ritmo vertiginoso frente al sentido de empoderamiento de ser capaces de incidir en esos cambios y, por tanto, moldear el futuro. La experiencia moderna es, entonces, el miedo al tren que nos atropella y las ganas de montarse en ese ferrocarril, tomar el timón y conducir su destino. Es la sensación de nunca terminar de adaptarse a los cambios que no paran y el entusiasmo por abrazar esas transformaciones y construir un futuro mejor. 

A nuestro autor le preocupaba de manera particular que desde la izquierda se atacara la modernidad y se agumentara a favor de abandonar el uso de esta categoría. Para demostrar el error de los posmodernos, Berman regresaba al siglo XIX y proponía una relectura fina de autores considerados modernistas bajo su prisma, como Goethe, Baudelaire, Dostoyevski y Marx (cuya obra lee con lentes innovadores). El hilo que une a estos —y otros tantos— autores es que entendían que las formas modernas de organización social, los avances tecnológicos y el ideal de progreso llevado a su extremo eran las causas de la opresión de millones de seres humanos, pero al mismo tiempo pensaban que el ciudadano moderno era capaz de entender estas causas y, desde esa comprensión, reconfigurar esas fuerzas opresivas para construir una modernidad diferente. 

Por eso, Berman nos invita a releer la obra de los modernistas —sus modernistas— del siglo XIX y “traer ese espíritu a nuestra era”. Argumentaba que, de no hacerlo, le abriríamos camino a las personas poderosas con una idea excluyente de modernidad. Ejemplificaba este riesgo con Robert Moses, el zar del urbanismo neoyorquino que, entre los años treinta y sesenta, remodeló la ciudad a punta de autopistas y proyectos faraónicos, sin ocupar jamás un cargo de elección popular ni rendir cuentas a nadie. Su obra más emblemática y más brutal fue la autopista Cross Bronx Expressway, que partió en dos al Bronx y arrasó con vecindarios enteros para imponer, literalmente, a fuerza de dinamita y desalojos, su visión de progreso. Como muchos oligarcas de ayer y hoy, Moses fue especialmente hábil para posicionar un argumento perverso en la opinión pública: quien se oponía a sus proyectos se resistía a la idea misma de modernidad. 

El llamado de Berman es más urgente que nunca. Sus sofisticadas y refrescantes lecturas de Fausto de Goethe, de San Petersburgo en las novelas de Dostoyevski y de buena parte de la obra de Marx son razones suficientes para leer Todo lo sólido se desvanece en el aire. Pero la audaz propuesta de reapropiarnos del concepto de modernidad para dar la batalla política por incidir en los grandes cambios que se gestan en nuestro tiempo hace que la relectura de esta obra sea indispensable. 

Berman nos recuerda que no estamos indefensos ante el avance galopante de la inteligencia artificial, ante una economía política cada vez más excluyente con los migrantes, ante un orden social crecientemente desigual y ante los oligarcas que quieren construir un “futuro posthumano”. La modernidad puede continuar siendo nuestro hogar, pero debemos abrazar sus contradicciones y pelear por cambiarla desde dentro.

*Jacques Coste. Historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Instituto Mora y Tirant Lo Blanch, 2022). Publica en NexosAmericas Quarterly y otras revistas en México y Estados Unidos.

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