Gran alegría nos ha regalado nuestra selección nacional. Cuatro partidos ganados, ningún gol en contra y, después de cuatro décadas de espera, el ansiado pase al quinto partido.
Lo consiguió un equipo sin grandes figuras individuales, pero con personalidad, disciplina y una extraordinaria capacidad de juego colectivo. Un plantel cuyo valor económico representa apenas una cuarta parte del de su rival, Ecuador, demostrando que, en ocasiones, el talento, la organización y el compromiso pesan más que el presupuesto.
La celebración fue igualmente extraordinaria. Miles de ciudadanos salieron a las calles en prácticamente todas las ciudades del país para compartir un momento de orgullo nacional. Sin embargo, la concentración en Paseo de la Reforma terminó siendo el reflejo de una vieja contradicción mexicana: la incapacidad de celebrar con orden.
Más de un millón 400 mil personas se congregaron en torno al Ángel de la Independencia. El ambiente festivo pronto fue rebasado por el descontrol, el consumo indiscriminado de alcohol y la ausencia de una autoridad capaz de prevenir los excesos. El saldo fue lamentable: cuatro personas perdieron la vida y decenas más resultaron lesionadas. Una fiesta que debió ser motivo exclusivo de orgullo terminó empañada por escenas de caos que exhibieron la fragilidad del orden público.
En Culiacán también hubo festejos. Cientos de personas acudieron a la antigua Fuente de la Amistad, hoy conocida como la Fuente de Cuauhtémoc, mientras decenas de vehículos recorrieron el nuevo malecón del río Culiacán haciendo sonar el claxon al grito de: ¡México!… ¡México!
Después de casi dos años marcados por el miedo, la incertidumbre y la violencia derivada de la confrontación entre las dos principales facciones del Cártel de Sinaloa, la población necesitaba una razón para sonreír. No solo Sinaloa, en todo el país existía el deseo de celebrar algo distinto a las malas noticias que cotidianamente ocupan los titulares: polarización política, bajo crecimiento económico, violencia, corrupción e incertidumbre.
El futbol consiguió, aunque fuera por unos días, unir a millones de mexicanos alrededor de una misma emoción. Suspendimos las diferencias, olvidamos momentáneamente los problemas y nos abrazamos bajo una misma bandera. Ese poder de cohesión social explica por qué este deporte despierta pasiones tan profundas.
Pero conviene preguntarnos: ¿estos triunfos deportivos resuelven nuestros problemas estructurales? ¿Modifican la realidad económica, política o social que enfrenta el país? La respuesta, por dolorosa que resulte, es no.
La felicidad provocada por una victoria deportiva es intensa, pero inevitablemente pasajera. Cuando termine el Mundial volveremos a enfrentar la misma realidad: inseguridad, rezago educativo, insuficiente crecimiento económico, escasa inversión, baja productividad, corrupción persistente, impunidad y una preocupante convivencia entre intereses políticos y el crimen organizado.
Ojalá nuestra selección continúe brindándonos satisfacciones y siga avanzando en la competencia. México necesita motivos para celebrar. Sin embargo, sería mucho más trascendente que los triunfos también llegaran en otros ámbitos.
Sería deseable festejar un sistema educativo competitivo, hospitales dignos, instituciones confiables, una economía que genere empleos de calidad, una disminución real de la violencia, una justicia que funcione sin distingos y un país donde la ley prevalezca sobre los intereses particulares.
Entonces sí hablaríamos de victorias que transforman vidas y construyen futuro.
¿Y si algún día el orgullo nacional no dependiera únicamente de un balón? ¿Y si las celebraciones multitudinarias fueran consecuencia de haber reducido la pobreza, derrotado la corrupción o recuperado la paz? ¿Y si el grito de “¡México!” expresara el orgullo de vivir en un país desarrollado, seguro, competitivo y con oportunidades para todos?
Ese sería un gozo mucho menos efímero. Sería la satisfacción de haber convertido el entusiasmo de un torneo en la convicción de que también podemos ganar el partido más importante de nuestras vidas: el de construir el país que millones de mexicanos seguimos esperando.
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