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¡México ra, ra, ra!

Culiacán, Sin.- Todo se transformó. Todo cayó bajo el somnífero encanto de un fervor mundialista que, por unas semanas, parece haber dejado atrás nuestros problemas. La inseguridad galopante entró en pausa.

Imaginemos a un turista extranjero atraído por la Copa del Mundo. Antes de viajar a México consulta alguna herramienta de inteligencia artificial para saber si, además de asistir a los partidos, puede recorrer otras regiones del país.

La respuesta probablemente sería algo parecido a esto:

“Se recomienda evitar zonas conflictivas, privilegiar autopistas de cuota y desplazarse preferentemente por vía aérea. Si renta un vehículo, circule únicamente por carreteras principales durante el día. Evite regiones rurales poco transitadas y áreas con antecedentes de violencia. En algunos estados del norte del país, incluido Sinaloa, no se recomienda actualmente el turismo carretero sin información actualizada de seguridad”.

Con esas advertencias, los turistas vendrán. El Mundial se celebrará. Los estadios se llenarán y las imágenes recorrerán el planeta.

¿Significa eso que el problema de la violencia estará resuelto?

Por supuesto que no.

Simplemente se habrá generado un efecto de encapsulamiento y diferimiento. O, para decirlo en términos futboleros, se habrá pateado el balón hacia adelante.

Algo similar ocurre con el conflicto entre el Gobierno Federal y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

El problema no se resolvió; simplemente fue contenido.

Para ello incluso se utilizó el concepto logístico de la “última milla”, originalmente referido al tramo final de entrega de mercancías, pero adaptado para justificar un perímetro de seguridad alrededor del estadio de la Ciudad de México que impidiera cualquier manifestación a varios kilómetros de distancia.

La pregunta es inevitable:

¿Quedó resuelto el conflicto de fondo entre la CNTE y el gobierno?

Definitivamente no.

Como sucede con muchos de los grandes problemas nacionales, simplemente se pospuso el momento de enfrentarlo.
Si existiera una verdadera voluntad para transformar la educación pública, el primer paso sería reconocer que actualmente no existen las condiciones políticas, financieras ni institucionales para satisfacer las demandas del magisterio.

La CNTE exige tres puntos fundamentales: un incremento salarial del cien por ciento acompañado de mejores prestaciones y cambios al sistema de pensiones; la derogación de las disposiciones laborales que consideran lesivas para los trabajadores de la educación; y un diálogo directo con la presidenta de la República, además de la reinstalación de docentes cesados en administraciones anteriores.

Sin embargo, tampoco existen condiciones para atender dichas exigencias.

Por un lado, la Secretaría de Educación Pública carece de la capacidad política necesaria para convertirse en un interlocutor eficaz frente a problemas acumulados durante décadas.

Por otro, la presidenta prometió durante su campaña revisar y corregir aspectos centrales de la Ley del ISSSTE de 2007. Hoy se argumenta, con razón, que el costo fiscal sería extraordinariamente elevado. El problema no es la inviabilidad financiera; el problema es haber ofrecido algo que difícilmente podía cumplirse.

A ello se suma la ausencia histórica de una política educativa de largo plazo que permita abordar con seriedad temas como la evaluación docente, la promoción profesional y la calidad educativa. No la tuvieron los gobiernos priistas. Tampoco los panistas. Hasta ahora, tampoco parece tenerla la llamada Cuarta Transformación.

Respecto al diálogo directo con la presidenta, la posibilidad luce remota. Difícilmente puede esperarse una reunión con la CNTE cuando ni siquiera se ha recibido a numerosos colectivos de madres buscadoras que exigen respuestas sobre miles de desaparecidos.

Y mientras tanto, los problemas se acumulan.

Los transportistas. El campo mexicano. Los acuicultores. Los ganaderos. Los pescadores.

Los desplazados por la violencia en Guerrero. Sinaloa, que se aproxima a dos años inmerso en una crisis de inseguridad. Y muchos otros pendientes nacionales.

Todos deberán esperar.

Porque durante las próximas semanas el país entero estará concentrado en la fiesta, los estadios y los reflectores.

Pero cuando termine el torneo, se apaguen las luces y desaparezcan las cámaras, la realidad seguirá ahí.

La violencia seguirá ahí.

Los conflictos sociales seguirán ahí.

Las promesas incumplidas seguirán ahí.

Porque los problemas que hoy se esconden detrás de un Mundial no desaparecen con un gol ni se resuelven con una porra.

Mientras tanto, habrá que levantarnos gritando:

¡México, ra, ra, ra!

Aunque el verdadero desafío comenzará cuando termine el partido y descubramos que el marcador sigue siendo el mismo para millones de mexicanos.

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