Me cuesta trabajo hablar de Francisco Garfias en pasado. Su muerte, por supuesto, alienta el balance y la reflexión sobre uno de los más agudos columnistas políticos.
Pero su actualidad es igual de poderosa, porque Garfias demostró, a lo largo de su trayectoria profesional, la utilidad del periodismo.
Su trabajo siempre estuvo guiado por el rigor, por la escuela que marca que, más allá de las opiniones, hay que atenerse a los hechos, porque son estos la fuente primordial para cualquier análisis.
Supo establecer una relación con las fuentes políticas con la cercanía que permitía las revelaciones, pero con la distancia que se requiere para ejercer la profesión sin cortapisas.
Navegó entre épocas: la de las máquinas de escribir, las copias en papel carbón, los teléfonos fijos, los faxes y los télex, a la velocidad del internet con todas sus oportunidades.
Lo conocí en Milenio, cuando Pancho ya era uno de los periodistas legislativos más importantes y escribía también su columna Arsenal.
En las oficinas que alguna vez fueron también de La Afición –donde estaba Milenio-- en Ignacio Mariscal, nos sentábamos a una distancia que permitía el diálogo cotidiano y el intercambio de opiniones. Siempre se aprendía algo, inclusive de sus malos humores cuando creía que no se estaba aquilatando la fuerza de alguna nota o la pertinencia de una entrevista.
Después, ya desde la jefatura de Información, pude palpar no solo la calidad de los textos, sino la oportunidad y el adelanto de las historias que reporteaba Garfias.
Por esas convergencias que tiene la vida, quizá mi diálogo con Garfias se desarrolló alrededor del periodismo francés y de París, esa ciudad que conocía a la perfección y que para ambos era tan atrayente como querida.
Como corresponsal le tocó atestiguar la llegada de François Mitterrand a la presidencia de la República, un acontecimiento histórico, por supuesto, porque era la llegada de la izquierda al poder.
Estoy convencido de que Garfias suscribiría el significado que Ernest Hemingway le atribuyó a París al dejar claro que es una fiesta que nos acompañará toda la vida y más aún si uno se dedica al periodismo.
Imagino a Garfias por el Barrio Latino, con Le Monde bajo el brazo y con la urgencia de mandar un télex a la redacción, con esa prisa que tienen los grandes reporteros, los que saben que siempre habrá una nota más, igual de urgente y relevante.
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