La canción Imagine de John Lennon es una de las más reconocidas y apreciadas para fomentar la paz, la unidad y el compañerismo entre seres humanos. La melodía es incluso genial desde esos primeros acordes de piano.
Pero, desde mi punto de vista, esa rola es también bastante ingenua. Nunca en la historia de la humanidad veremos “imagine there’s no countries.. and no religion too…”. Imaginemos que efectivamente a partir de 2027 no tuviéramos países y todos fuéramos “globales”. Debido a que los recursos (tierra, recursos naturales, espacios, trabajos…) son escasos, eventualmente volveríamos a organizarnos en grupos para defender intereses comunes. La escasez obliga a coordinarse con quienes generan mayor confianza; esa cooperación repetida termina creando identidades compartidas y fronteras. Lo más probable es que esos grupos busquen favorecer a los suyos, con quienes comparten afinidades culturales o históricas. La historia muestra que esa dinámica reaparece una y otra vez. El caso de la antigua Yugoslavia ilustra cómo identidades nacionales pueden resurgir incluso después de largos periodos de integración.
En el mundo ha habido, hay y probablemente seguirá habiendo divisiones producto de esta dinámica económica y social. Mientras existan recursos escasos y pertenencias colectivas, la competencia entre grupos tenderá a aparecer. El reto no es eliminar esa competencia, sino canalizarla mediante instituciones que la hagan pacífica y productiva.
Desde mi punto de vista, el deporte es una forma bastante amable de hacer explícitas estas divisiones, pero tratando de llevar la rivalidad y la confrontación a entornos de cordialidad y de reglas parejas. Los Juegos Olímpicos han tenido siempre este espíritu. Los mundiales de futbol también. Si la competencia entre grupos reaparece una y otra vez, al menos tratemos de fomentar menos las guerras y más el deporte de competencia.
Y no es mala idea. Debido a que en el deporte hay un ganador por definición, la rivalidad es parte del entretenimiento, pero en vez de ver a un país invadir al otro y que para ello te enlisten militarmente, puedes ver la confrontación territorial de la humanidad a través de los goles, en la comodidad de tu casa y con una chela en la mano. Es por eso que es inevitable que lo que ha sido la historia entre dos países no pueda separarse de un juego de futbol. Las Malvinas vuelven a aparecer hoy en la conversación cuando juegan Argentina e Inglaterra. La hinchada de la India o de China a favor de Argentina es en parte producto de esa victoria en el Mundial de 1986 que de alguna manera reivindicó los agravios históricos sufridos por esos países a manos del Reino Unido. Cuando el Congo le gane a Bélgica en futbol, muchos verán inevitablemente una reivindicación simbólica que no se ha podido dar en la práctica.
Por esta razón es también ineludible que el propio deporte genere confrontaciones que no siempre sean amigables. Los hooligans, las barras del River o de los Pumas, o los marroquíes en París muestran cómo tensiones históricas pueden reavivarse con el futbol. Asimismo, cuando la gente percibe que las reglas no son parejas, como debería ser el espíritu del deporte, el enojo crece.
Por ello, y para el bien del deporte y para una mayor concordia entre las naciones, podríamos imaginar, no que no haya países ni religiones, sino que el deporte siga siendo un vehículo amistoso para canalizar nuestras rivalidades y que instituciones como la FIFA y los comités olímpicos se renueven y transparenten para que las reglas vuelvan a parecer verdaderamente parejas. Las sociedades más exitosas no eliminan el conflicto; construyen instituciones para canalizarlo.
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