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La trampa del ingreso medio… en el futbol

Una parte mágica de los mundiales es que cada cuatro años los mexicanos nos emocionamos cañón con la selección, pero cada cuatro años nos preguntamos por qué nuestra selección no logra dar el salto al anhelado quinto partido. El futbol mexicano es muy malo, nos decimos cuando nos descalifican. Pero los datos dicen otra cosa. México no juega tan mal y de hecho ha mejorado; el problema es que otros países han mejorado más rápido.

Desde que el ranking de FIFA comenzó a publicarse en 1992, México se ha mantenido entre las selecciones más competitivas del mundo. Alcanzó incluso el cuarto lugar en 2006, la mejor posición de su historia. Durante décadas ha clasificado regularmente a los mundiales y, entre 1994 y 2018, avanzó a octavos de final. Aun así, no avanzamos más.

En economía existe el concepto de la “trampa del ingreso medio”. Se refiere a países que logran salir de la pobreza y alcanzar niveles razonables de desarrollo, pero que después encuentran enormes dificultades para incorporarse al grupo de las economías más avanzadas. Algo parecido parece haber ocurrido con el futbol mexicano.

México dejó hace tiempo de ser una selección menor. El problema es que tampoco ha logrado convertirse en una potencia futbolística. Mientras nuestro futbol avanzaba de a poco, otros países dieron saltos más ambiciosos. Croacia, con menos de cuatro millones de habitantes, alcanzó una final mundialista en 2018 y obtuvo el tercer lugar en 2022. Marruecos llegó a las semifinales en Qatar y jugó al tú por tú con Brasil hace pocos días. Bélgica pasó de ser una selección discreta a liderar durante varios años el ranking mundial. Japón y Corea del Sur construyeron sistemas capaces de exportar talento de manera creciente a las principales ligas europeas.

Quizá la comparación más incómoda sea con Estados Unidos. Durante buena parte del siglo XX el futbol mexicano estaba claramente por encima de su vecino del norte. Hoy esa distancia prácticamente ha desaparecido. Estados Unidos ha incrementado notablemente la presencia de sus jugadores en Europa, ha fortalecido sus procesos de formación y ha ganado varios de los enfrentamientos más importantes contra México en años recientes. Como botón de muestra está la diferencia de arrojo y calidad del equipo estadounidense frente a Paraguay, en comparación con el desempeño mexicano contra Sudáfrica la semana pasada.

Lo más preocupante es que el estancamiento relativo suele pasar desapercibido. Cuando una selección sigue clasificando a los mundiales y aparece entre las 15 mejores del planeta, resulta fácil pensar que todo marcha razonablemente bien. Pero la competencia no se mide contra uno mismo. Se mide contra quienes buscan avanzar más rápido.

Desde 1986 México no alcanza los cuartos de final de una Copa del Mundo. Han pasado 40 años. Durante ese mismo periodo surgieron nuevas potencias, cambiaron los métodos de formación de jugadores y se transformó el mapa global del futbol. En este periodo, los incentivos económicos del futbol mexicano de la FMF y los equipos que la dirigen han privilegiado las ganancias de corto plazo sobre las inversiones necesarias para encontrar y desarrollar más talento, exportar más jugadores y competir con las mejores selecciones del mundo. En el deporte, como en la economía, no basta con mejorar, hay que mejorar más rápido que los demás. Tal vez por eso persiste la frustración. No porque el futbol mexicano sea peor que antes, sino porque otros encontraron la manera de llegar más lejos.

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