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El reto de la oposición

Definir el tema para esta reflexión semanal no suele ser problema, pues tanto el gobierno como Morena aportan hechos y datos que fundamentan el balance cada vez más negativo de la 4T: un nuevo escándalo de corrupción en las altas esferas de la administración (Romero Oropeza, Carlos Ulloa) o un nuevo vínculo entre el crimen organizado y Morena (la desaparición del exsecretario de Marina para que no declare) acompañado de la ratificación del pacto de impunidad sostenido contra viento y marea por la presidenta Sheinbaum.

Está un segundo tema muy relevante: la construcción de un nuevo régimen autoritario, esta vez reforzado y amparado constitucionalmente para que sea más difícil desmontarlo, con instrumentos de control cada vez más sofisticados (el enorme aparato de inteligencia sin límites judiciales para espiar) y los burdos de siempre (el uso discrecional y político de la procuración de justicia, como es el caso de Ernesto Ruffo; o los lineamientos contra la libertad de expresión perdón, para defender a las audiencias). Tampoco faltan los preparativos, cada vez más descarados, para que la elección del próximo año sea de Estado: no solo ganar, sino arrasar y si hacen falta boletas planchadas, pues que el INE las autorice.

Otras veces son datos escandalosos del dispendio gubernamental (los subsidios a Pemex, el AIFA, el Tren Maya) y tampoco faltan –es más, abundan— las tragedias humanas: desde el drama de los familiares de los 133 mil desaparecidos hasta los pacientes que se mueren sin atención en las puertas de los hospitales públicos o por falta de medicamentos. La última tragedia silenciosa que llegó a los medios: la cancelación del futuro para millones de niños y jóvenes gracias a la “Nueva Escuela Mexicana” y sus manuales primitivos de instrucción ideológica disfrazados de libros de texto.

Y la pregunta que me hago una vez que tengo el tema para escribir el artículo semanal es la siguiente: ¿de qué sirve documentar una vez más el gran fracaso de la 4T y la terrible y profunda destrucción que han conseguido con gran y descarado afán? De qué sirve convencer a los ya convencidos, mientras que quienes han votado por Morena muy probablemente lo harán en junio próximo porque la regularidad con que reciben el “dinerito que les manda su presidenta Claudia” ha pesado más (cuando menos hasta la fecha) que los tres factores anteriores: a) corrupción y narcogobiernos; b) destrucción de la democracia y, c) cancelación de los derechos sociales y económicos gracias a que han convertido sus gobiernos en patrimonios personales y desaparecido sus capacidades para generar bienes y servicios públicos.

La mayoría de los ciudadanos no establece una relación de causalidad entre decisiones de gobierno (endeudar al país, subsidiar a Pemex, cancelar el seguro popular) y la perpetuación de sus condiciones adversas, la falta de medicinas y menos se imagina que sus hijos están condenados a la miseria muchos años más gracias a la cancelación de la reforma educativa ordenada por AMLO.

En otras palabras, los opositores deberíamos abandonar la creencia de que la denuncia de lo negativo de la 4T –en sus inmensas y abundantes facetas— basta para derrotarlos política, moral y electoralmente. Las preguntas fundamentales son: ¿qué discursos y narrativas, qué propuestas de vida cotidiana y de futuro mejor para distintos grupos (jóvenes, campesinos, mujeres, trabajadores de la informalidad) y para la diversidad de regiones y ciudades del país serían creíbles y atractivas, mejor que las transferencias monetarias? Y además del contenido, está el problema de la credibilidad de quienes harán las propuestas. ¿Por qué deberán confiar y creer en los partidos de oposición?

Ese es el reto de los partidos de oposición, especialmente para Somos: minimizar la denuncia, maximizar la propuesta. Sería increíble y trágico no poder imaginar y construir algo mejor que regalar dinero y no poder convencer a un segmento de mexicanos (10 millones) que sí hay un futuro diferente y mejor, no solo restaurar la democracia.

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